Relato: Gatita maulladora, León rugidor.

¡Buen@s días/tardes/noches!

Hoy toca un relato de fiesta, de carrozas, de disfraces. Una gatita y un león cruzan miradas, se desean, pero se pierden en la multitud. Luego, sin esperarlo, se reencuentran en el auge de la fiesta, con el ritmo en las venas y el deseo llenó de descontrol.

Carnaval gatuno.

Más de diez años sin disfrazarme para carnaval y finalmente me han convencido. Vamos a ir de felinos, pero no disfrazados de animales sin más sino adaptándolos como si fuéramos personas con rasgos animales.

Yo he escogido el león y, por el calor que hace, iré con un chaleco peludo, sin camiseta debajo, la gran melena, que me bajará la espalda, los pantalones y unas botas. Orejas y maquillaje también, claro.

Nos lo hacemos nosotros así que incluso he cogido ganas a que llegué el día para lucirlo. Mientras lo hacemos planeamos el día y, sobre todo, la noche que pasaremos: de fiesta.

Algunos desvarían creando fantasías al encontrarse con ciertas chicas disfrazadas de los que ellos desean. Fantasías sexuales…

No es malo tenerlas. De hecho estoy seguro que todos las tienen y es hasta divertido. Aunque nunca he pensado mucho en eso sí que he deseado muchas veces hacer algo con alguien que me he encontrado, que me ha encandilado. Cruzar miradas y que ambos deseemos conectar. Realmente no creo que carnaval, sin ver a nadie como es realmente, sea la mejor fecha para fantasear.

 Pasan los días y por fin acabamos. Nos ha quedado muy pero que muy bien, sobre todo teniendo en cuenta que algunos no hacemos manualidades desde vete a saber cuándo.

—Mañana será el día —dice uno.

—Y recordad. Si alguien cae en batalla se le apoya —añade otro, refiriéndose a si caemos k.o. por el alcohol.

—Pero si uno logra entrar en territorio sagrado se brinda por él —finaliza otro, refiriéndose a si alguno consigue ligar o bailar con alguna chica.

Todos reímos y chocamos las manos. Nos vamos, con nuestros disfraces, y esperamos a mañana.

Esa noche duermo plácidamente, quizá por el cansancio de estar día a día durante una semana preparando el disfraza, pero me levantó con ganas e ilusión. Será un día perfecto, lo presiento.

Me ducho, desayuno y me pongo el disfraz. Guardo en la cartera y las llaves en un bolsillo interior del chaleco y salgo. Por el camino veo que muchos y, sobre todo muchas, me miran. Es entre agradable y preocupante pero no me desagrada. Llego donde están mis colegas y nos preparamos para ir a un buen lugar donde ver las cabalgatas.

Pasan los minutos y va llegando cada vez más gente. Nosotros estamos en primera fila, hablando y riendo. Sin darnos cuenta estamos rodeados por una cantidad ingente de personas, casi todas disfrazadas, y empiezan a oírse las cabalgatas venir.

Pasan varias, de todo tipo. Se paran un momento. Frente a mi queda el hueco entre dos, llenado por danzantes de ambas cabalgatas que empiezan a bailar.

Pero lo que me llamó la atención no fue los increíbles movimientos de los danzarines sino una chica que estaba en la otra acera y que, como yo, no contemplaba las cabalgatas sino que nos mirábamos el uno al otro.

Una chica disfrazada de catwoman. Esbelta, pelo largo recogido y una mirada de ojos verdes que me penetran mientras me sonríe con sus labios pintados de rojo. Lleva unos altos tacones que hacen de su figura aún más sensual y no deja de observarme ni yo de apartar la mirada de ella.

Antes de que me dé cuenta las cabalgatas retoman su marcha y me tapan la visión de tan bella gatita. Para cuando puedo volver a mirar a donde estaba, se ha ido y chasqueo los dientes. Mis compañeros ni se han dado cuenta de lo sucedido pero, por desgracia, no tendré que darle más vueltas.

Seguimos el día, comimos, seguimos cabalgatas del pueblo de al lado, cenamos, bebimos y llegó la noche y el momento de la fiesta.

—Habrá mucha gente —dice uno de ellos— a ver si encontramos nuestras felinas —añade, bromeando y en ese momento los ojos penetrantes de aquella muchacha se vuelven a clavar en mi mente, pese a no estar, pese a que no creo que la fuera a encontrar.

—Quien sabe, quizá sí —contesto, más de deseo que de palabra.

Vamos a la discoteca que hay a las afueras del pueblo, esperando que fuera la que estuviera más vacía. Ni en sueños. Tardamos media hora en poder entrar pero, una vez dentro, vemos que la organización es buena y que en la barra atienden rápido. Además hay varias zonas de baile y es grande así que, pese a la muchedumbre, se puede uno mover más de lo que pensaba al ver el gentío que se congregaba afuera.

Pasan un par de horas. Dos coctels metidos ya en el cuerpo y casi perdido de los amigos. Alguien me da un pellizco en el costado, suave, me giró y veo una preciosa figura de espaldas, enfundada en cuero negro, con unas orejitas negras, una cola y unos taconazos que dan vértigo. Va hacia la barra. Me quedo quieto, mirándola, estoy seguro de que es ella quien me ha dado el pellizco y que es la misma que vi en las cabalgatas. Va acompañada de dos amigas pero ni me fijo en ellas realmente, es como si tuviera visión de túnel apuntando a una sola persona.

Estoy arios minutos preguntándome si ir o no ir, mirándola mientras está pidiendo lo que sea en la barra. No me decido y antes de que pueda hacerlo me tocan el hombro.

—¿Qué demonios haces? Tío, te está mirando —es uno de mis compañeros. Le miro y me hace señas con la cabeza. Miro hacia la chica y es cierto: me mira y sonríe— anda tira, que nosotros también estamos moviendo ficha —añade aunque siento como que han movido ficha hacia mí en vez de haberla movido yo.

Me decido, me empiezo a acercar y veo como ella vuelve la mirada a su compañera. Le hace cosquillas y hablan, la amiga se marcha con su cocktel a otra parte y ella se pone de espaldas a la barra, esperando mi llegada. Sonriendo, mirándome de arriba abajo.

Me muerdo el labio. Sigo nervioso pero más decidido y creo que se me escapa una leve sonrisa.

—Hola —digo, expulsando como puedo el nerviosismo.

—Miau —dice ella y acto seguido se echa a reír. Se me pega la risa— Perdona, perdona, no he podido evitarlo —añade.

—Yo he estado apunto pero quedaría raro que un gato maullara —digo, aprovechando la situación y se ríe— aunque no me importaría rugirte —añado, lanzándome a la piscina sin flotador.

—Uy, gatito travieso.

Se separa de la barra y da una vuelta sobre mí, rozándome con su dedo índice la cintura para acabar finalmente sobre mí.

—No sé quién rugiría más.

Sonrío, sonríe, me tiende su mano. La agarro pero me quedo mirándola de cerca. Es esplendida. De cerca sus ojos son más bellos y sus labios, carnosos, forman una pícara sonrisa acompañada de unos dientes blancos con pequeños colmillos que dan ganas de devorar su boca pero me abstengo, no puedo lanzarme pese a que lo desee. Al menos por ahora.

—¿Bailamos o vas a seguir imaginándote cosas mientras me miras? —dice, dando un paso y poniéndose más cerca de mí. Con los tacones está a mi altura, con lo que noto su respiración. Algo acelerada pero la mía más a causa de su acercamiento.

—Bailemos —contesto y la llevo hasta la pista de baile.

No nos soltamos la mano, simplemente bailamos juntándonos y separándonos, dependiendo de la música. Cada vez más cerca, con más confianza, rozándonos.

Llega una canción lenta y finalmente se pega a mi, con su mano sobre mi torso y la otra entrelazando nuestros dedos. Mi mano libre a su cintura, por la espalda, y nuestros pies moviéndose de derecha a izquierda lentamente, balanceándonos. Ella me mira, sonríe y me da un beso en la mejilla, en la comisura de la boca.

—Me encantaría posar mi cabeza en tu torso también, pena que con los tacones estemos a la misma altura —dice, sonriendo, acercando su cara a la mia.

—Tiene sus ventajas —digo.

Me mira, la miro y acercó mis labios poco a poco hacia los suyos.

Nos besamos mientras aprieta fuerte su mano a la vez que yo la acerco a mí. Noto sus pechos chocando contra mi torso mientras nuestras lenguas se entrelazan y sus dientes buscan morderme la boca.

Mi mano que pasea por su espalda y hace que ella esté pegada a mi empieza a pasearse por su espalda, palpando su piel a través del fino cuero de su disfraz, cada vez acercándose más a la cintura. Cuando mis yemas empiezan a rozar su respingón y lindo trasero se cambia la canción a una más movida y separamos nuestros labios.

Le hago rodar frente a mí y empezamos a bailar. Aprovecho cada momento para rozarnos y ella hace lo mismo. Nos buscamos, nos palpamos y no dejamos de devorarnos con la mirada.

—¿Vamos a por un chupito? —me dice, cerca de la oreja.

Le contesto besándole el cuello, ella muerde el mío.

—Buen sí —dice, guiñándome un ojo y besándome inmediatamente después.

—¿Vamos ya?

—Sí pero a la otra barra. Así no nos molestarán —dice, volviéndome a guiñar el ojo.

Nos volvemos a besar, aún más apasionadamente. El alcohol ingerido hasta el momento ayuda y nos desborda. El chupito no es más que una excusa para dejar de bailar y estar el uno por el otro, estoy seguro.

Vamos a la barra, pedimos chupito, brindamos, apoyamos el vaso, bebemos y nos comemos los labios. Cuando me doy cuenta en la barra hay dos chupitos más. Miro y veo a una camarera guiñándome un ojo. Invita la casa, la casa quiere que no nos durmamos. La casa gana.

—Otro brindis —dice, se ha dado cuenta de los chupitos.

Volvemos a brindar y nos volvemos a besar. Esta vez ella coge mi mano y la lleva directamente a su trasero, lo palpo. No sé si es por el cuerpo pero parece que no lleve nada debajo y eso hace que mi entrepierna se altere aún más, pero más se altera cuando compruebo que ella empieza a palpármelo mientras sus labios bajan por su cuello en busca del torso por el que no ha dejado de babear.

—Creo que deberíamos ir a un sitio menos concurrido —le susurro en la oreja.

Separa sus labios de mi cuello, aprieta mi miembro con su mano y me muerde la oreja.

—Sé de un lugar —me susurra tras sacar los dientes que me tiene clavados.

—Pues vayamos —le susurro yo frente a sus labios y la beso inmediatamente después.

Nos enlazamos mientras nos magreamos. Poco importan ya la música o el baile. Tras unos segundos nos separamos y ella me coge de la mano para tirar de mí y llevarme a donde pasaremos a la fiesta mayor.

Atravesamos la gente mientras ella va mirando hacia atrás, mirándome a mí, que contemplo su sensual silueta envuelta en cuero negro. Cuando me doy cuenta estamos frente a los baños, donde hay muchísima gente. Me mete en el baño de las chicas y ni las que están dentro, retocando su maquillaje o intentando mantenerse rectas, parece importarles.

—¿Aquí? —digo.

No me contesta, me mira y sonríe. Abre una puerta y vemos una mujer meando. Se disculpa y cierra. Abre la siguiente puerta, está vacío, entramos.

—¿En serio? —preguntó, nervioso y encendido.

—Tu amigo así parece quererlo —dice mientras relame los labios, palpando mi miembro con una mano.

—Mentiría si te dijera que yo tampoco —digo, acercando mis labios a los suyos.

Nos besamos durante unos segundos. Ella muerde mi labio inferior, se separa de mí, y empieza a saborear mi cuello mientras sus manos se deslizan por mi torso desnudo. La melena de león ya molesta y agité mi cabeza para que se cayera. Se cayó sobre la gatita quien no pudo evitar reírse y, sin sacársela, fue bajando por mi pecho hasta llegar a mis pantalones, que me los vago sin dudarlo, igual mi ropa interior y empezó a saborear mi miembro. Rápido, concisa y sin más precalentamientos de los que tuvimos sobre la pista de baile.

—Dios… —dije entre jadeos.

Tiré la melena al suelo para poder verla. Quería ver esos ojazos mientras lamia mi falo y así fue. Estuvo mirándome todo el rato mientras lamia lentamente, de abajo a arriba y de arriba a abajo, como si de un caramelo se tratase.

Pasaba todo el rato la lengua mientras la cogía con cuidado con sus largos dedos armados de finas uñas. Mis manos agarraron su cabeza y, con cuidado, le quitó al mascara, dejándole las orejas y su bello cabello.

—¿Te gusta, minina?

—Me encanta.

Se la metió. Devoró mi miembro y rodeo el capullo con su lengua para luego recorrer todo el tronco mientras sorbía el líquido pre-seminal a la vez que me la masturbaba con su boca, sacándola y metiéndola. Estaba de cuclillas, acariciándose su entrepierna con una de las manos, mientras no dejaba de devorarme de placer.

—Dios, gatita —dije entre jadeos, mientras agarraba su cabello.

Acelero como respuesta y se me escaparon los primeros gemidos, casi olvidándome de donde estábamos. Tras un rato se la sacó de la boca, palpó con los dientes y relamió.

—Me encanta tus “rugidos”, leoncito —dijo sonriéndome.

Le miraba mientras me mordía el labio y ella se relamia mientras me masturbaba con sus finos y largos dedos.

—Te la quiero meter —dije, estaba a cien, ardiente.

—¿En dónde? —dijo mientras se acercaba a mi pene.

Su lengua empieza a rodearlo. Se la mete y saca lentamente y yo empiezo a gozar de nuevo. Justo entonces una chica intenta entrar. Se me olvidó echar el pestillo. Me empuja con la puerta, haciendo que se la meta a la gatita casi entera y, lejos de alejarse, ella agarra mi trasero y acaba de metérsela, creo que he rozado su campanilla, mientras yo hacía lo posible para cerrar la puerta a la vez que intentaba aguantar los gemidos al notar su lengua rodeando mi capullo.

—¡Oh! ¡Lo siento! ¡Lo siento! —exclama la muchacha.

La gatita intenta decir algo pero, obviamente, no puede. Yo cierro el pestillo y ella se saca mi miembro de su boca.

—Enseguida acabamos, guapi —dice, mientras me guiña el ojo.

Escucho cuchicheos. Claramente porque lo ha dicho en plural. Aunque las que estuvieran dentro cuando vinimos se hayan ido y nadie hubiera escuchado los gemidos que se nos escapaban creo que ya tienen claro que aquí hay dos personas haciendo aquello por lo que muchas personas van a la discoteca. Me da absolutamente igual a estas alturas.

—¿Vamos al grano entonces? —digo mientras le acaricio la cara.

Paso la mano cerca de su boca y no puede evitar lamerme los dedos.

—Vamos, leoncito —dice mientras se levanta lentamente.

La tengo frente a mí, con esa mirada penetrante que parece devorarme y esas ganas que tengo yo de devorarla. Se muerde el labio e inmediatamente después se lo muerdo yo. La beso, palpo su cuerpo y me aparta, me empuja contra la puerta y pone un pie bajo mi axila. Alucino con su elasticidad y agradezco su buena puntería por no clavarme el taconazo que lleva.

—Te veo tan emocionado que no voy a dejar que tú me desnudes, lo haré yo lentamente —dice mientras se relame y juega con la cremallera de su traje.

Mi mano izquierda agarra la pierna que tiene alzada, la acaricia, y hace el amago de querer ir hacía ella pero me indica que no, que no avance con la mano mientras baja un poquito la cremallera.

—¿Sabes? Me ha encantado tu polla —dice, mordiéndose el labio mientras me la agarra con una mano, sin soltar su cremallera con la otra— y adoro que siga tan palpitante.

—Y a mi como me la chupabas —digo pero en realidad quiero penetrarla duramente.

—¿Sabes que es lo que también palpita? —me pregunta, bajándose más la cremallera. Puedo ver su sostén, negro y fino.

—¿Mis ganas de ti? —digo, guiñándole el ojo mientras acaricio su pierna.

Se ríe y me devuelve el guiño, bajándose un poco más la cremallera.

—Muy fino. Eso también pero tengo un par de motivos palpitantes aquí mismo y uno aún más grande algo más abajo —dice mientras deja la cremallera y baja su dedo por su cuerpo, hasta llegar a su entrepierna, sin dejar de masturbarme con la otra mano.

—Eso se ha de solucionar —digo, echándome hacia delante pero da un zapatazo en la puerta.

—No, no, deja que palpite un poco que veo que tu miembro cada vez lo hace más —me dice, apretando mi miembro.

Noto como mi líquido pre-seminal se desliza por sus dedos mientras vuelve a bajarse la cremallera hasta dejar sus pechos al aire.

—Aunque… —empieza a decir, llevándose los dedos mojados por mi a su boca para relamerlos— …quizá si puedas hacer algo —dice.

Se chupa sin dejar de mirarme y en cuanto acaba me agarra la mano y tira de ella hasta que me encorva para que alcance su entrepierna. Presiono por auto-reflejo. Gime, sin aguantarse.

—Está… chorreando —digo, notando la humedad a través del cuero.

—¿Quién crees que es el responsable? —me dice, entre jadeos, mientras no dejo de mover mi dedo.

—Quien va a ponerle solución.

Agarró su pierna con una mano y su cintura con la otra. Me irgo y intercambio posiciones con ella, poniéndola espalda contra la pared, con su pierna apoyada en mi hombro y sus labios casi rozándome.

Noto su respiración, cada vez más acelerada, con sus ojos clavados en los míos y mi pene prisionero de su mano, con la que no deja de hacerlo chocar contra su entrepierna mientras sus pechos están aún botando por el movimiento.

—Leoncito travieso.

—Gatita perversa.

Nos besamos mientras mis dos manos se pasean por su cuerpo, acabando una en su pecho y otra palpando sus nalgas por encima del apretado cuero mientras noto como me agarra con la pierna que tenía alzada, rodeando mi cintura con ella para empujarme hacia ella.

Empiezo a bajar la boca por su cuello y no tardo en llegar a sus pechos. Esponjosos y sabrosos. Paseo la lengua por su superficie mientras los aprieto con mi mano. Ella no deja de rozar con su entrepierna mi erguido pene, moviendo su cintura, mientras ya no evita los gemidos.

Tras pasear la lengua por los senos, rodeo sus pezones y los succiono. Agarro con los dientes  y azoto con la lengua, mordisqueo y ella hunde mi cara en sus pechos mientras gime.

—Dios, dios, la quiero dentro ya.

La miro de reojo y veo un rostro totalmente lascivo mientras no deja de acercarme a ella con su pierna enroscada en mi cintura pero hay un cuero que impide penetrarla. Muerdo sus pechos, gime. Lamo su pezón, gime. Azoto sus nalgas, gime.

Tras unos segundos separa las manos de mi cabeza y se las lleva a su entrepierna.

Agujerea el cuera con sus uñas y rompe su disfraz.

Veo sus bragas pero no tarda en apartarlas.

—Hasta el fondo —me susurra en la oreja mientras yo sigo hundido en sus pechos.

Agarra mi pene y desenrosca la pierna de su cintura para volverla a poner sobre mi hombro y, lentamente, noto como su coño va absorbiendo mi pene a la vez que ella va exaltándose más y su gemido aumenta de volumen.

—Hasta…

—…El fondo —digo y la acabo de meter entera, chocando mis huevos con su entrepierna.

Ya está, no puedo parar.

Agarro su pierna alzada, saco la cabeza de sus pechos y empiezo a penetrarla duramente.

La puerta se tambalea. Sus ojos no dejan de buscar mi mirada y su boca no deja de soltar gemidos mientras mi miembro no deja de penetrar su agujero al ritmo en que sus pechos botan.

—Dios, más, más, dame más.

Creo que ya no me queda alcohol en las venas. Con lo que estoy sudando y lo caliente que voy ha debido de desaparecer pero, sin embargo, tengo la mente en blanco y solo quiero seguir haciéndola gemir y seguir disfrutando.

—Sí, sí, más —seguía gritando la gatita mientras se le caían lo poco que quedaba entero del disfraz: las orejas.

Aceleraba, cada vez más, al unisón con el movimiento de sus caderas.

La puerta parecía que iba a tumbarse en cualquier momento y los gemidos ahogaban la música que escuchábamos de fuera incluso cuando alguien entraba en los baños.

—Quiero devorarte —le digo, entre jadeos.

¿Su respuesta? Me devora ella a mí.

Tanto por arriba como por abajo me absorbe. Noto como su coño presiona mi pene, como si lo succionara, mientras con su mano agarra mi cabeza y la acerca a la suya, devorándome la boca con sus labios mientras su lengua deja a la mía oprimida.

Yo llevo mis manos a su disfraz, por donde lo rompió, y lo rasgo aún más hasta poder meter las manos en él. Las llevo a sus nalgas, palpables gracias a que lo que llevaba abajo era un tanga. Las agarró y, en un arrebato de fuerza, la alzo.

Saca la pierna del hombro y, con ambas, enrosca mi cintura en ella mientras no dejo de empotrarla contra la puerta a la vez que la tengo en alza, agarrada por sus tersas nalgas.

Gritamos, gemimos mucho. Ella se aferra con su boca a mi oreja mientras yo intento respirar entre sus pechos que no dejan de botar mientras embisto cada vez más.

—Estoy, estoy a punto —logra decir tras varios intentos.

Yo igual, de hecho no se ni como he aguantado hasta el momento.

No pasan ni cinco minutos cuando empieza a gemir desbocadamente. Me araña la espalda, estruja con las piernas y muerde mi oreja.

—Dentro, lo quiero todo dentro —me dice, entre jadeos, mientras noto como chorrea desmesuradamente.

Esas palabras hacen que pierda el poquísimo control que me quedaba y acelero con las pocas fuerzas que me quedan. Ella gime aún más, yo empiezo a correrme en su interior.

Las fuerzas, poco a poco, van abandonándome a cada embestida que doy y tras unos minutos empiezo a flaquear. Nos separamos finalmente, sacando mi miembro de su interior.

Ella pone pies en tierra y cambia los gemidos por jadeos de cansancio.

Nos apartamos un poco y nos miramos.

Nos besamos.

Ella toca mi miembro, que esta extremadamente sensible, y luego se lleva los dedos lubricados en mi semen a su boca.

—Esto es mejor que cualquier chupito —dice mientras se relame los dedos.

En cuanto acaba, felxiona las piernas y empieza a lamerme. Yo siento entre calambrazos de dolor y palcer, de lo sensibles que está, pero no tarda mucho en acabar de limpiar y volver a alzarse.

—Esto tomatelo como guindilla final.

—Ojalá fuera la primera guindilla.

—Quien sabe si habrá más, la noche es joven —me dice, guiñándome el ojo— aunque tendré que hacer algo con mi disfraz —añade, mirando el destrozo que hemos hecho.

—¿Te llevo a casa para que te cambies?

—Estaría bien —contesta, acariciando mi rostro.

Nos arreglamos como podemos la ropa y salimos. El espectáculo al salir es inesperado. No éramos los únicos que estábamos haciéndolo. De hecho tenemos dos chicas haciéndose de todo entre ellas nada más salir. Parece que hemos “inspirado” la noche a más de uno y una.

—Buf…

—¿Minina?

—Vamos a mi casa en un rato, antes tengo que hacer una cosa.

Me vuelve a meter en el baño, hay más guindillas.


Espero que os haya gustado y, tanto como si tenéis opiniones positivas o cosas que creéis que no deberían ser, espero leer vuestras opiniones.

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