Relato: Masaje y Mar.

¡Húmed@s días/tardes/Noches!

Hoy recuperamos el primer relato de Perverso Caballero…

Imaginaros estar casi cada día de verano acabando las noches en un chiringuito, atendidos por esa persona que tanto deseas y con quien filtreas y que sepas que a partir del día siguiente vuelve a su pueblo…

Imaginad que se da la oportunidad de pasar una noche mágica, para recordar.

Masaje y Mar.

La noche ha empezado a refrescar. Hay muchas estrellas y el mar suena con fuerza. La arena está fría y los sofás del chiringuito me absorben la energía. Suerte que la camarera hoy está contenta, acaba la temporada, y por cada cubata que me pido nos tomamos un chupito a su cuenta.

Pero todo esto conlleva un problema: pasado mañana vuelve a su pueblo. Así que tengo que jugar hoy las cartas que me quedan en la mano si quiero que, como mínimo, se acuerde de mí.

—Vamos, último chupito antes de que plegue — Ya solo quedamos su jefe, ella y yo. Él está recogiendo. Yo sentado con ella junto a un chupito de licor de cuarenta y tres bayas.

—A tu salud rubia.

Nos lo bebemos y se vuelve a levantar. Pasan cinco minutos y ya no me queda ni una gota de alcohol en mi cubata, pero ella se sienta y me trae otro. Para mi sorpresa ella lleva uno, de color rojo. Parece dulce.

—Pues ya he acabado. Se acabó lo bueno.

—Pues yo te veo sin empezar.

Se ríe. Se ríe mucho mientras me mira.

—Que tonto que eres. ¿Un brindis?

—Venga.

—Por todo lo bueno que tiene el verano y por la noche que nos queda juntos.

Chocamos los vasos, enlazamos los brazos y bebemos.

Pasamos un rato hablando de las anécdotas que hemos visto en el chiringuito.

Empecé a venir con unos amigos y luego comencé a venir solo de vez en cuando. Hoy es uno de esos días, no quería que hubiera la posibilidad que cualquiera con pocas luces no quisiera irse cuando viera el momento.

—Que sepas que a lo de hoy te he invitado yo.

—¿Y eso por qué?

—Me has hecho el verano más liviano y muchas veces me has ayudado a recoger y a echar algún que otro capullo.

—No era por ti. El trato especial de la camarera más sexy de la costa lo quería para mí.

—Idiotaaaaaa

Se abalanza sobre mí y me empuja a la arena. Cae encima de mí pero rápidamente se levanta.

—De todas formas tendré que agradecértelo antes de que te vallas.

—Pues tienes poco tiempo.

Se estiraza durante unos segundos. Se le nota el cansancio acumulado.

—¿Te duele la espalda?

—Un poco, sí. La tengo molida.

—¿Quieres un masaje como agradecimiento?

Se queda pensativa. Agacha un poco la cabeza y me mira desde abajo. Sonríe mientras saca la lengua de forma muy adorable.

—Me parece muy buen agradecimiento.

Se levanta, coge el cubata y se va hacia las hamacas.

—¿Cogemos una?

—Sí, claro.

Cojo mi cubata y voy hacía las hamacas. Se lo doy para que me lo aguante. Bebe un poco del mío y me guiña el ojo. Cojo una y la planto en la arena.

Deja los cubatas en la arena y se quita la camiseta. Lleva un bikini de licra, que se le pega a los pechos y, por el frio imagino, se le marca perfectamente los pezones. Después se quita el short y muestra la parte de abajo, que va atada con unos hilos en los laterales y de adhiere a la piel de la misma forma que la parte de arriba.

La tengo de espaldas, viendo su esbelto cuerpo. Cintura estrecha, un culo que sobre sale un poco pero sin destacar y unas piernas lisas y largas. Se gira y se nota el movimiento de sus pechos, bastantes grandes.

—¿Cómo empezamos? —El tono de su voz es muy sensual, además que lo dice mientras me guiña el ojo y me saca la lengua, con la cual se repasa los labios, de los cuales finalmente muerde el inferior mientras mira hacia abajo.

Estoy erecto y se ha dado cuenta. Me pongo un poco nervioso pero disimulo.

—Ponte boca abajo.

—Que mal ha sonado perverso.

—Idiota, ¿Quieres el masaje o no?

—Ya voy, ya voy. No te me “calientes” —Lo dice con rintintín. Está claro.

Se tumba, con dificultad por sus pechos, y usa los brazos de almohada mientras mira hacía al derecha. Me pongo encima de su culo, suavemente. Al bajar rozo con mi pene sus nalgas y ella las mueve en ese momento.

—¿Estás cómoda?

—Sí, mucho —Contesta mientras sigue moviendo sus nalgas unos segundos más.

—Pena que no tenga aceite.

—No te preocupes, si eso ya se nos ocurrirá algo.

Empiezo a masajearle los hombros. Tras unos segundos les doy unos golpecitos y empiezo a bajar.

—Desabróchame el bikini, quiero un masaje completo.

“Desabróchame” “masaje completo” Esas palabras hacen que me palpite la entrepierna.

Se lo desabrocho y empiezo a masajearle esa zona, pasando las manos por sus costados, rozando los senos. No dice nada, así que continúo un rato y luego sigo bajando, hasta llegar a la cintura.

Me levanto y me arrodillo a su lado para seguir con sus piernas. Empiezo a masajearle por los pies. Se ríe. Le hago cosquillas. Enseguida subo y en unos minutos llego al muslo. Voy acercándome a la entrepierna y paso la mano suavemente por el muslo, rodeándolo, rozándole las ingles.

Se estremece e incluso me parece escuchar un suspiro lascivo. Yo estoy nervioso, seguro que escucha mis latidos. Acaricio un poco más cerca, más suavemente. Está húmedo.

—Oye, quiero el masaje completo —Me sorprende.

—Todo a su tiempo.

Aprieto un poco con el costado de la mano y subo por sus nalgas, con cuidado y lentamente, por si quiere pararme. Pero no quiere. No dice nada y empiezo a tocárselas, a masajeárselas.

—Lo haces muy bien.

—Sí, aunque con una tela tan licorosa es complicado.

Se arrodilla y luego se gira hacia mí. Se le cae el bikini, dejando sus preciosos pechos al descubierto.

—Eso se puede arreglar —Su voz se ha vuelto más dulce, más tímida, mientras se quita la parte de abajo del bikini.

Me levanto, colorado, y con un pantalón que tiene complejo de tienda de campaña. Me lo mira y se vuelve a morder el labio mientras su mano automáticamente se acaricia sus labios inferiores mientras se estremece.

—¿Así mejor?

—Mucho mejor —Mi rostro debe ser lascivo mientras digo eso y me acarició los pantalones.

Se tumba boca arriba. Cuando dijo masaje completo lo dijo enserio.

Me vuelvo a sentar encima de ella, con cuidado. Esta vez mi pene roza su coño rasurado, sin ni un pelo. Empiezo a masajearle los hombros otra vez y rápidamente bajo hasta sus senos, los cual toco con suavidad. Le rozo los pezones, le agarro los pechos y los muevo. Miro su cara y ella me está mirando, lascivamente.

Agacho mi cabeza y empiezo a besarle las tetas mientras con la lengua hago un recorrido hasta que rodeo los pezones. Primero el izquierdo y luego el derecho. Succiono un poco y mi mano derecha empieza a bajar hasta la cintura, para luego pasar por debajo de mí.

Esta húmeda, mucho. Creo que habrá manchado hasta la hamaca. Le acarició los labios inferiores y se los abro para golpear levemente su clítoris. Mientras tanto mordisqueo uno de sus pezones y pellizco el otro.

Empieza a gemir, a estremecerse. Cuando le meto el dedo corazón lo hace mucho más fuerte.

Me levanto y retrocedo, hasta el final de la hamaca. Le cojo las piernas y la estiro un poco para que acabe su coño frente a mi boca, con las rodillas por encima de mi cabeza. Le beso en los labios: en los de abajo. Los beso como si fuera una boca. Suavemente, moviendo los labios, hasta que empiezo a usar la lengua para penetrar hasta el clítoris y seguir besándola. Cuando choca sus rodillas uso mis manos para abrirle la almeja que esconde su perla y así golpearla con la lengua: de arriba abajo. Suavemente, arrastrándola.

Empieza a gemir con más fuerza a medida que aumento la velocidad. Tras un rato empiezo a pasear la lengua en varias direcciones y a besar el clítoris directamente. Succiono, mordisqueo a la vez que mis manos se alejan de esa zona para empezar a tocar sus pechos, empapándolos con su propio flujo, y retorcerle los pezones. Pone sus manos sobre mi cabeza y empieza a apretarme. Entre lametón y lametón intento coger aire con la boca, ya que con la nariz me es imposible.

—Más rápido, más rápido.

Le hago caso, pero además vuelvo a traer la mano izquierda y, sin avisar, le introduzco dos dedos que empiezo a mover hasta encontrar una zona rugosa, por donde paseo hacía arriba y abajo éstos.

Cada vez más rápido los dedos. Cada vez más desbocada la lengua y mis dientes mordisqueando sin parar hasta que con las manos, en vez de apretar, empieza a apartar al unisón de un orgasmo que se disputó con las olas el sonido más fuerte.

—Dios… quiero más.

—Te voy a dar lo que quieras.

Se levanta tras unos segundos y me mira. Me besa. Nos entrelazamos y manchándole la cara de sus propios flujos empezamos a pelear con la lengua. Mete su mano por dentro del pantalón y de los calzoncillos. Empieza a tocármela y pronto se arrodilla frente a mí y me baja los pantalones mientras yo me quito la camiseta y la tiro por la arena.

Pasa sus labios por mis calzoncillos. Muerde suavemente y juega conmigo hasta que yo mismo me los bajo. Sonríe, me mira, saca la lengua y se la mete entera sin avisar si quiera. Mueve la lengua velozmente en el capullo y empieza a chupar bruscamente, acompañándolo con un masaje en mis bolas doradas.

No esperaba esto, así que no estoy mentalizado. La obligo a parar para pasar al plato fuerte o no podré aguantar.

Se ríe y se estira, con las rodillas alzadas y las piernas abiertas. Me abalanzo sobre ella y la abrazo, luego empiezo a penetrarla. Entro lentamente pero a cada centímetro ella tira la cabeza más hacía atrás mientras gime a la vez que mis dientes van apretando su pezón izquierdo. Una vez la meto entera empiezo a sacarla, lentamente, a la vez que juego con mi lengua en el pezón que tengo agarrado con os dientes. Ella sigue a mi pene con su coño. No quiere que la saque más, así que empiezo a entrar y salir, lentamente, como mi lengua se mueve. Después empiezo a acelerar y ella empieza a gritar.

—Más, más fuerte. Dame más fuerte.

Le hago caso. Acelero, voy más brusco y empiezo a meterla pero hasta el fondo. No aguantaré mucho más.

Me pide más, más y más  y le hago caso.

—Estoy a punto de correrme, no aguantaré más.

—Acelera, puedes hacerlo dentro —Lo que dice me parece increíble e incluso dudo de haber escuchado bien entre tanto gemido, pero me lo repite. Acelero más y subo mi boca hasta besarla, sin embargo la hamaca se desmonta y caemos al suelo.

—¿Estás bien?

Me levanto y la ayudo. Por suerte la cama se ha caído plana y apenas nos hemos manchado de arena.

—¿Te has corrido?

—No.

No dice nada más. Me la coge y empieza a besarme mientras no deja de moverla, con mucha suavidad, cada vez más rápido.

—Sí, sí… no pares… más…

No puedo hablar más, está a punto de salir. Acelera. Sale, no puedo aguantarlo más y ella no frena. Me estremezco y retuerzo.

—Qué pena que haya sido hoy, no hemos podido disfrutar mucho el uno del otro —Sus palabras son tristes, no puedo dejarla así.

—¿Quién dice que vaya a ser poco? Ella acaba manchada y yo salpicado, pero da igual. Hay mar, estamos solos y es nuestro último día de verano. —La noche es joven y nosotros más.

Le agarro la mano y la levanto. Empiezo a correr, con ella detrás, desnudos, hacia el mar, hacia la segunda ronda. No importa que el primero sea el último si se disfruta como si fuera una vida entera.

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