Relato: Cenas de Empresa.

¡Buen@s humed@s días/tardes/noches!

Imaginaros estar en una cena de empresa, con alcohol, con esas personas con las que siempre compartes una gran parte de tu tiempo en un estado con más jolgorio. Todos con una pinta de lo más atrayentes, como cuando intentas lucirte lo mejor posible y un/a jef@ que parece desfasad@ y hace que tu y tu compañer@ también os desfaséis…

Espero que os guste -y os humedezca- este nuevo relato 😉

Cena de Empresa.

Navidad, dulce navidad. Ese momento en que toda empresa hace su cena particular y toca relacionarse con todos. Esta noche toca la mía, una empresa en la que la los hombres escaseamos.

Tengo que ponerme elegante porque de no hacerlo a la jefa le daría un sincope, trabajo en una revista de moda.

Camisa de color liso, chaleco negro y pantalones de pitillo. Unos buenos zapatos y un buen peinado y listo.

Son las ocho y media. Hemos quedado a las nueve pero avisaron de que se podía ir antes así que eso haré.

Cojo taxi, el beber me augura que no podré volver conduciendo yo, y tardo menos de una hora en llegar al restaurante que ha reservado para nosotros la jefa.

Cuando bajo del taxi veo que está entrando mi compañera de columnas de opinión. Una chica delgada, bajita y de tez muy blanca. Va enfundada en un vestido largo azul, con encaje en la cintura, y de tirantes. Sus hombros al aire, chocando con su cabellera negra le dan un toque muy sensual.

—¿Crees que seremos los primeros?  —digo, acercándome por detrás.

Se gira rápidamente, algo exaltada, y casi me quedo sin respiración al ver lo bonita que va. Se ha alargado las pestañas de sus ojos de color negro azabache y pintado de carmín sus finos labios que tiene bajo esa respingona y pequeña nariz que, con su tez blanca, hace que todo destaque. Por delante el vestido es genial y puedo ver su lindo escote. Imagino que lleva “push up” porque en el trabajo no suele vérsele mucho busto pero también es que va más tapada.

—¡Ey, buenas noches! —dice con su aguda voz, acercándose y mostrando como el lado derecho del vestido está abierto. Al andar se le ve su bella pierna mientras el ruido de sus tacones negros hace que tiemble de emoción al ver tana belleza. Entenderme, con tanta hermosa mujer trabajando día a día e incluso haciéndose fotos con ropa más que sexy a uno le cuesta a veces concentrarse—. ¿Qué miras con esa cara, embobado?

—Joder, estás hermosa.

—¿Te gusta? —dice mientras da una vuelta sobre sí misma y me da un palpito el corazón al ver que su vestido vuela y no parece llevar nada debajo entre sus piernas.

—Pues… me en… encanta —digo, mordiéndome el labio.

—Eso esperaba —me contesta, guiñándome el ojo—. ¿Dos besos, no? —añade mientras acerca su cara a la mía, poniéndose de puntillas pese a llevar tacones. Nos damos dos besos, muy cerca ambos de la comisura de la boca.

Me guiña un ojo y se da la vuelta para entrar en el restaurante. Le sigo.

Ya había varias compañeras dentro, pero aún ninguno de los pocos chicos que éramos. Todo era espectacular. Una gran mesa en forma de “U” con una pista de madera en el centro que, imagino, utilizaríamos para bailar.

Todas las chicas despampanantes, como no podía ser menos. Ya estaban tomando algo. Algunas empezaban ya con el vino y otra estaban más recatadas bebiendo agua. Se decía que la jefa ya había venido y que ya andaba fina, pero no estaba ahí.

Saludamos y nos sentamos donde ponían nuestros nombres. Uno al lado del otro. Era normal, compartíamos columnas de opinión en casi cada revista.

—Falta mucha gente, ¿Pedimos algo  mientras esperamos? —me dice mi compañera, estirándome del brazo.

—Sí, claro. ¿Vino? —añado, tirando directamente a caldear el ambiente para no sentirme abrumado ante mi brazo chocando con sus pechos. Pareció conforme, pues asintió guiñándome un ojo.

Bebemos un par de copas y ya ha llegado casi toda la gente. Me entran unas ganas inmensas de mear.

—Oye, ¿Sabes dónde están los baños? —pregunto a mi compañera, pero me contesta la chica que tengo a mi lado izquierdo. Una rubia despampanante con un corsé negro de enorme escote para sus dos enormes pechos y una minifalda blanca que alzaría hasta el más viejo e inmóvil de los mástiles.

—Al fondo a la derecha —dice con su dulce voz.

—Gracias —añado mientras me levanto, guiñándole un ojo para disimular que le miro esos enormes pechos en los que se vislumbran unos pequeños pezones.

Voy al baño mientras contemplo las vistas y, con gestos, me comunico con mis compañeros para decirles lo obvio: joder que buenas están todas. Al llegar al baño alucino. Tiene un recibidor enorme con tres picas y los baños están a derecha, hombres, e izquierda, mujeres. Voy a una de las picas y me lavo las manos. Mientras lo hago escucho que la puerta del baño de las chicas se abre y de allí sale una de mis compañeras, sudando y algo despeinada. Va con una blusa de tirantes azul y una falda de un tono más oscuro. Acompañado de unos tacones que se está poniendo mientras sale. Al levantar la cabeza se altera, gira la mirada y sale corriendo. Tras ella aparece la jefa, con su peinado negro ondulado y su oscura tez. Ojos de color ocre con largas pestañas y unos labios sin pintar que parece azafrán. Tiene una nariz con un largo tabique pero una forma preciosa. Su rostro serviría para recrear a cleopatra. Va con una camisa de rayas, con los botones del hombligo desabrochados y enseñando barriga. Sus enormes pechos hacen que su camisa se tensé. Estoy seguro de que la ha escogido así adrede y para provocar ya que al verme se relame y muerde los labios mientras deja su mirada fija en mí. Anda, con su mini falda granate, pareciendo de colegiala y sus medias con cenefas negras que la van rodeando cual espiral, acabando en unos tacones rojos.

—Ho-hola jefa… —dije, aun cayéndome agua por las manos.

—Hola querido, te ves muy bien esta noche —me susurra en la oreja mientras noto como su mano de largos y finos dedos, con bellas uñas de gel, acarician mi entrepierna—. Espero no verte cohibido esta noche, querido —añade, notando como pone sus dientes en mi oreja y su lengua se mueve al hablar mientras mi pene empuja su mano que separa de mi entrepierna antes de marcharse.

Me quedó paralizado unos segundos hasta que noto las manos entumecidas. Cierro el grifo, meo y vuelvo a lavármelas.

Vuelvo a la mesa y le susurro a mi compañera lo que ha pasado. Cuando acabo miro a mi jefa, que está sentada en el centro de la mesa, y veo que me contempla. Me guiña un ojo y golpeo a mi compañera para que la mire, aunque no sé si eso surte efecto.

—Con lo buena que está normal que se hayan liado con ella —me susurra en la oreja y giro mi mirada hacia ella de inmediato—. ¿Tú lo harías?

—Hombre… depende del momento, así en frío… —le susurro y noto como su mano va a mi entrepierna, aún alzada.

—Frio, frio no te veo — me dice sonriéndose, mordiéndose el labio—. Y a mí tu historia me ha calentado y desde luego lo haría con ella y con…

Se oye como una cuchara golpea una copa y noto como, en ese momento, mi compañera aprieta mi pene, quizá por el susto, pero enseguida quita la mano y se separa de mí. Miramos hacia el sonido y vemos que es nuestra jefa, que está de pie y parece que va a decir unas palabras. Parece que ya estamos todos.

Agradece el esfuerzo del equipo, habla de lo bien que ha ido el año y lo mucho que hemos ganado para, finalmente, acabar con un “no penséis que estáis en el trabajo, actuad como cuando salisteis de fiesta por primera vez”

Tras eso bebe de la copa y se sienta pero, no sé si son paranoias mías o que, parece que se relame los labios mientras me mira.

—¿Lo has vito? —me susurra mi compañera, con su mano en mi pierna—. Se ha relamido mirándote —añade, tan cerca de mi oreja que noto como su lengua casi la roza y sus dedos aprietan mi muslo.

La miro y me muerdo el labio pero los camareros con la carta nos interrumpen.

Pasan los minutos. Comemos, bebemos. Mi compañera no deja de hacer amagos hacia me pene, apoyándose en mi pierna y resbalándose. Hago lo mismo con mi mano, palpando su pierna. Nos susurramos mucho y a medida que aumenta el vino en el cuerpo comentamos entre susurros y acercamientos lo buenas que están las compañeras. Ella creo que no se da cuenta pero yo no dejo de mirada a la jefa la cual me pone muchísimo cada vez que parece que dirija la mirada a mí.

Pasa la hora de los postre y llega la sobremesa. Cafés y luego cocteles. Las chicas se van animando a bailar e incluso algunos compañeros también. La jefa ha sido la primera en salir, bailando en el centro, perreando con sus compañeras y casi mostrando la ropa interior con todo lo que se mueve.

—Le botan bien, ¿no crees? —me dice mi compañera, sin susurrar ya. El alcohol hace de las suyas.

—Sí, la verdad es que deben ser impresionantes —contesto, hablando en todo momento sobre los pechos de la jefa.

—Parece que aquí abajo también te gusta —añade, acariciándome el pene por encima del pantalón. Me muerdo el labio, la miro de reojo, y asiento con la cabeza. Ella se relame y mete sus dedos lentamente, por debajo incluso de mis calzoncillos, tocándome con sus dedos el tronco de mi pene. Me controlo para no besarla y que de golpe nos volviéramos el centro de atención pero sus labios carmines brillan, imagino que gracias al alcohol y su mirada en una piel blanca colorada por el vino la hacen demasiado tentadora—. ¿Qué es esto…? —pregunta al llevar sus dedos hasta la punta de mi miembro, que ya está expulsando liquido pre-semina. Aprieta el capullo y ahogo un pequeño gemido mientras me estremezco. Agitando mi cabeza para controlarme veo que mi jefa se está relamiendo y acariciando sutilmente mientras baila… contemplándonos.

—Creo que eso quiere decir que necesitamos ir al baño… —le susurró, sin dejar de mirar fijamente a los ojos de la jefa, quien me guiña uno mientras se muerde el labio.

La chica saca velozmente la mano de mi entrepierna y se levanta—. Yo primero, tu vienes un minuto después —me dice sonriendo y se marcha hasta el baño.

Espero a que entre en éstos y me levanto para ir tras ella. Nada más entrar, en la zona de la pica, me coge de la mano y me tira hacia el lado, frente a la puerta del baño de mujeres, para besarme apasionadamente mientras sus manos se pierden en mi cabello y las mías se plasman sobre su trasero, arrugando su vestido azul.

—Dios, esto me pone a mil —dice, entre beso y beso—. Tú me pones a mil —añade, mientras quita una de sus manos y la lleva a mi pene.

—Y mira como me pones a mí —añado mientras cojo esa mano y se la meto dentro de mi entrepierna, con mi polla palpitante y erguida. Sus dedos, apretados, palpan mi tronco centímetro a centímetro. Presionando la vena que ella ha hecho que se hinche. Nuestras lenguas luchas entre ellas y mis manos se deslizan, una por su trasero hasta abajo, levantando poco a poco el vestido, y la otra por su barriga hasta llegar a su escote.

Muerdo su labio y subo su vestido hasta que su culo queda al aire pues, como pensaba, no lleva nada debajo. Separo mis labios de los suyos y la miró muy lascivamente, apretando mi lengua con los dientes.

—¿Te ha gustado la sorpresa? —me dice mientras baja mi pantalón y empieza a acariciar mi tronco suavemente—. A mi esta de aquí me gusta más —añade mientras flexiona las piernas y, bajando, choca su nariz con mi pene—. Huele muy fuerte, ¿Tanto te he puesto?

—Mujer… entre tú, la jef… —no acabo la frase. Su lengua ya está rodeando mi capullo rosado. En cuanto entra en contacto con ella sale el líquido pre-seminal. La estoy viendo desde arriba, con sus ojos mirándome y sus carmines labios marcando mi tronco. Veo como me mueve su boca, tragándosela casi toda, hacia adelante y hacia atrás mientras me la aguanta con una mano y con la otra va magreándose—. Dios… sí… —exclamo entre jadeo y veo como me guiña un ojo y acelera. Su lengua va rodeándome el tronco y sus dientes rozándomelo de vez en cuando con los dientes. Mis manos se deslizan a su larga cabellera y mis dedos se pierden entre su cabello. Estoy extasiado. Entre el alcohol, la situación y la habilidad oral que tiene mi compañera no sé si aguantaré mucho. Noto sus labios presionar mi pene mientras lo mete y lo saca en su boca. Su lengua rodeando mi tronco y su saliva lubricándolo. La miro y está concentrada, mirándolo, mientras veo como se está acariciando su entrepierna—. Sí… dios… —digo mientras masajeo su cabeza y, de pronto, abren la puerta del baño. Pierdo la concentración y empiezo a correrme. Son dos compañeros míos, que están hablando y van hacia el baño de los hombres mientras la puerta principal se cierra. La miro y veo como se está tragando mi semen, mirándome lascivamente y sonrojada –ya no sé cuánto por el vino y cuanto por la situación- y le hago señas para que se mantenga callada mientras mis compañeros entran en el baño. Tras tragar bastante se saca la polla de su boca y empieza a lamerla, limpiándola, mientras mis compañeros entran y cierran la puerta tras ellos.

—Dios… cuanto semen has soltado —dice mientras sigue lamiendo.

—Y más que me harás soltar, esto seguro —digo, empezándola a tener algo flácida—. Pero tenemos que movernos de aquí. No tardarán y seguro que acaba entrando alguien más.

—Tienes razón —Saca su mano de su entrepierna, con los dedos húmedos, y se levanta. Se pasa la lengua por los labios y me besa apasionadamente para luego hacer que lama sus dos húmedos dedos—. Sígueme —añade mientras saca sus dedos de mi boca y, sin darme opción, me coge la mano y me arrastra hacia el baño de las mujeres—. A ver, a ver —dice mientras se pone a mirar alrededor y yo me acerco a su espalda, pegándome a su trasero y soltando su mano para agarrar su cintura—. Ya sé —concluye, moviendo su trasero para estimular mi pene mientras señala el baño habilitado para minusválidos y que las madres puedan cambiar los bebés.

Entramos, cerramos con pestillo y nos “relajamos”. Es espacioso. Hay como una mini recepción y a la izquierda hay hasta una tablilla que es donde imagino cambian a las criaturas y a su lado está el retrete adaptado.

—¿Por dónde íbamos? —dice mientras se gira.

—Tú estabas expandiendo horizontes —le digo mientras llevo su mano a mi pene, aún flácido pero ya con algo de volumen.

—Oh, ya recuerdo… —susurra sonriendo, contemplando mientras la acaricia —. Creo que sé cómo hacerla crecer —añade, girándose y poniendo sus nalgas, sin levantarse el vestido, sobre mi pene.

Empieza a mover sus caderas y mis manos se fueron a su cintura. Me pone mucho, tanto que no tardo en empalmarme pero la sangre que baja al tronco hace que me desboque un poco. Le subo su vestido hasta dejar su culo desnudo con mi miembro entre sus piernas, rozando su húmedo coño. Está caliente, húmedo pero caliente y noto como sus labios inferiores se dilatan sobre mi tronco.

—Que travieso que eres —dice mientras pasa su mano por detrás de mi cabeza y gira la suya para contemplarme con su lasciva mirada.

—Es que si no te iba a manchar el vestido —contesto e, inmediatamente, la beso mientras movía mis caderas, haciendo que mi miembro rozara su coño y frotara su clítoris.

Ella empieza a mover sus caderas también y con la mano que tiene libre coge mi mano derecha y me la lleva a sus pechos. Aprieto fuere a la vez que llevo mi otra mano también a ellos. Noto sus pezones, así que sorprendente no lleva “push up” como pensaba. Aprieto y me muerde el labio en ese momento. Cada vez se mueve más rápido y noto como mi pene se empapa más de sus flujos vaginales. Sus duros pezones son retorcidos y presionados por mí hasta que, desbocado del todo, meto mis manos en su escote e incluso por debajo del sujetador, palpando sus tersos y blandos senos.

—¿Te gustan? —me dice, mientras se muerde el labio.

—Me encantan —contesto—. Siempre había deseado verlos, palparlos y besarlos.

—Pues aprovecha que el alcohol no ha bajado y el libido ha subido —pone sus manos sobre las mías y empieza apretar para que palpe bien sus pechos mientras deja escapar tímidos gemidos. Sus pezones estaban duros y su cara colorada mientras mostraba un rostro muy pícaro, con la boca abierta, respirando fuerte y sacando la lengua a cada movimiento de caderas que hacía mientras yo, sutilmente, presionaba su coño con el tronco de mi pene—. Es… es… increíble lo bien que está para haberte corrido —decía entre jadeos, volviendo a pasar su mano izquierda mientras giraba la cabeza para besarme—. Sigue, por favor —añadía antes de pegar sus labios a los míos para meterme la lengua hasta el fondo y, obviamente, seguí e incluso presionando y aumentando la velocidad.

Finalmente la penetro sin querer, momento en que me muerde el labio. Gime, gimo. Sale enseguida pero ella se da la vuelta y me abraza.

—Dame como si no hubiera un mañana —me dice y me besa apasionadamente mientras enreda sus piernas en mi cintura.

Agarro sus nalgas y hago malabares hasta llegar a penetrarla de nuevo. Me muerde la lengua. Empieza a mover sus caderas y no paro de gozar pero las fuerzas y el alcohol hacen que me desestabilice y voy hasta la tablilla que hay en el baño, donde empiezo a follarmela como si no hubiera un mañana.

—Di…di…dios —jadea a cada golpe de pene que recibe. Ella está sentada en la tabla, abrazándome, mientras no dejo de penetrarla. Me besa, me muerde el cuello, me susurra que quiere mucho más. Estamos así varios minutos hasta que se apoya en la pared.

—Dios, dios, creo que me vengo —dice y se abre el coño con su mano para que mi pene entre mejor mientras con la otra se acaricia su clitorios—. Dame duro, dame— no dejaba de tocarse y parecía eufórica lo cual hizo que me viniera arriba y a cazar sus pechos con mi boca mientras no dejaba de empotrarla. Pese a todos sus gemidos tardó unos dos minutos en correrse y, en cuanto sentí como se llenaba mi pene de sus flujos, aceleré y metí más al fondo pues empezaba a correrme otra vez.

—¡Dios! ¡Dios! —exclamemos los dos mientras no dejaba de moverme.

Cuando paré quedé abrazado a ella unos instantes hasta que me empujó levemente.

—Tenemos que limpiarte eso antes de salir, señorito —me dijo, guiñándome un ojo.

Saqué mi pene de su coño y me aparté para que se levantara. Ella se puso de rodillas y empezó a lamerla de arriba abajo y a comérmela, hasta que no quedó ni una sola gota. Lo hacía de fábula, lentamente, presionando con la lengua y rodeándome el tronco. Lo hizo tan bién que mi pene empezó a sentir síntomas de recarga.

—Vaya, que cowboy estás hecho —dijo tras sacársela de la boca. Volvió a metérsela y se la comió entera, hasta tener arcadas, para sacársela de nuevo—. ¿Vamos a por otro cubata y… volvemos? —me dijo, mordiéndose el labio.

¿Cómo negarme?

Nos vestimos, nos acicalamos y quitamos el pestillo. La puerta se abrió sin que nosotros hiciéramos nada y apareció la jefa.

—Los cubatas pueden esperar, queridos empleados.

Si nos lo montamos bien puede que logremos hasta una subida de sueldo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s