Relato: ¡Ay, la madre!

¡Humedo/as días/tardes/noches!

Ir a estudiar, que te ponga mucho tu compañero/a de estudio y que te quites el primer calentón con…

Aquí os dejo este nuevo relato y recordad lo que  ya tenemos la nueva Antología a la venta en amazon.

Sin más os dejamos con esté relato que espero que os complazca.

¡Ay la madre!

Doce de Noviembre.

Empezamos la recta de exámenes de final de año.

Es, junto a los exámenes finales, una de las peores épocas para todo estudiante pero tiene su lado bueno: quedar con quien te gusta para estudiar.

Eso me ha pasado a mí, ya que soy bueno en las asignaturas que a ella se le dan mal y ella lo es en las que a mí no se me dan bien.

Además llevamos un mes tonteando por mensajes e incluso nos subimos de tono y mandamos alguna foto que deja poco a la imaginación. No digo que vaya a lograr hacérselo hoy, pero es muy probable que demos un paso.

Llego a la casa, de dos plantas. Pulso el timbre.

—¿Diga?

Es una voz adulta, femenina, imagino que de la madre.

—¡Mama es para mí, abre!

No me ha dado tiempo a contestar.

Se escucha como cuelgan el telefonillo y oigo unos pasos acercarse a la puerta. Abren la puerta manualmente.

—Lo siento, es que no lo tenemos automático. Perdona la espera.

Su madre asoma por la puerta. Parece alta, aunque lleva botas. Cabello negro, ondulado, que le llega por debajo de los hombros. Ojos negros con la raya pintada y pestañas largas. Lleva maquillaje que le tapan todas las arrugas y los labios pintados de rosa con brillos. La cara la tiene redondeada y lleva varios pendientes en las orejas, que las tiene al descubierto. Viste una blusa negra, hasta las rodillas, que destaca sus enormes pechos de madura,  con pezones incluidos, pero también deja ver las curvas que ha ido acumulando con los años. Aun así es de muy buen ver. Ancha de caderas y con piernas firmes, esbeltas.

— Perdona mi imagen. No sabía que venía visita y me he puesto lo primero que he pillado.

—No sé preocupe — La verdad es que me encanta. Se le marca los pezones y se pueden apreciar muy bien sus enormes pechos.

—¿Eres el amigo de mi hija?

—Sí, así es.

—¿O más que amigo? — Me guiña el ojo. No sé decir, me pongo nervioso.

—¡Mama!

Aparece su hija por detrás. Cabello negro y corto, con dos coletillas. Cara fina con unos ojos sin fondo también negros. Cejas recortadas y una lisa y perfecta piel. Boca pequeña, labios brillantes y suculentos. Viste el un pijama. Azul celeste, con botones en la camiseta. Tampoco lleva sostén ya que se le marcan los pezones de sus pequeños pechos. El pantalón es ancho y sus zapatillas de conejo rosa son adorables.

—Bueno, viendo a mi hija ya no tengo que disculparme por mis pintas.

—¡¡¡Mama!!! — No puedo evitar reírme. —¡Va, vamos a mi habitación! — Pasa por al lado de su madre y me coge la mano. Me arrastra. Tiene la mano suave, y muy esponjosa pese a estar tan delgada.

Subimos las escaleras y llegamos a su habitación.

—Perdona, mi madre es muy pesada. Siento si te ha incomodado.

—No, no, tranquila. Además la situación de verte en pijama con los mofletes hinchados y mosqueada ha sido adorable.

—¡Oye! — Me tira la almohada. Nos reímos. —Anda ven.

Se sienta en la cama y me invita a estar en ella. Dejo la mochila a los pies de ésta y me siento. Hablamos durante un rato sobre los exámenes, pero pronto empezamos a bromear y hablar de otros asuntos, llegando a las indirectas.

—Te voy a dar un tortazo… — Me la deja a huevo, es inevitable contestarle.

—Yo sí que te voy a dar.

—¿Tú? Ui sí.

—Muy fuerte te voy a dar a ti.

—¿Sí? ¿El qué? — Sonríe, se pone de rodillas y se desata las coletas. —¿Qué vas a darme? — Me guía el ojo.

—¿Quieres verlo?

—Como me des muy fuerte con este calor me da algo — Se desabrocha los tres botones de la parte de arriba del pijama, pudiéndose ver el canalillo. Luego pone las manos en la cama, muy cerca de mi entrepierna y acerca su pecho y cara, sonriendo. —¿Qué miras, pervertido?

—Sí que hace calor, sí — Estoy muy puesto. Acerco mi cara también y ella roza mi paquete con sus manos.

Se abre la puerta, entra su madre y nos asustamos. Ella también se asusta y tira un bocata que llevaba en la bandeja al suelo.

—¡Disculpad! ¡No era mi intención interrumpir!

Deja la bandeja en el escritorio y se gira, espaldas a nosotros, para agacharse a coger el bocadillo que se le ha caído. Puedo ver su coño, al completo. No lleva bragas, está húmedo. Me pongo muchísimo más.

Se marcha, mi amiga suspira y se aparta.

—¿Por dónde íbamos?

—Disculpa, ¿puedo ir al baño?

—Claro, pero no hagas guarradas.

Me rio entre cortadamente. Me ha visto las intenciones. O me pajeo o peligro con lo que ha pasado y he visto.

—¡Idiota!

Le tiro la almohada.

—Está abajo.

Salgo de la habitación y bajo las escaleras. Paso por un pasillo y, antes de llegar al baño, escucho unos ruidos que vienen de una habitación que esta entreabierta. Me asomo, silenciosamente, aunque no sirve de mucho porque la puerta chirría.

Es la habitación de la madre. Está ella, sobre su cama, desnuda metiéndose un consolador y tocándose las tetas. Me ve de pleno mirándola y viendo cómo mi mano se va directamente a mi pantalón.

—¡Lo siento, no quería!

Se levanta rápidamente, dejando el consolador en su coño, y viene corriendo hacia mí. Me estira para dentro de la habitación y me tapa la boca con una mano mientras cierra la puerta, con pestillo. Tiene la mano húmeda, con sus flujos vaginales por sus dedos. Huele fuerte, me pone mucho.

—Shh, no grites — Contestó que no con la cabeza mientras mis labios se empapan. — Mi hija no puede enterarse de esto, ¿De acuerdo? — Asiento con la cabeza pero ésta ya no raciona lo bien que quisiera. Saco la lengua para lamer sus dedos y me pongo mucho más. Ella me mira sorprendida pero no dice nada. Mueve la mano para introducir uno de sus dedos sobre en mi boca, para que lo saboreé bien. —Oye, ¿Crees que podrías ayudar a la madre? Ya que has venido a ayudar a mi hija a estudiar podrías ayudarme a mí con esto — Pone mi mano sobre el consolador y yo empiezo a moverlo. Se estremece. —Lo tomare como un sí, pero recuerda: ella no puede enterarse.

—No…

Acelero, pero enseguida me para.

—Chico, voy a enseñarte. Ven aquí.

Me lleva de la mano hasta la cama. Se pone frente a mí. Sus tetas granes cuelgan un poco, pero mis manos van hacía ellas. Me muerdo el labio.

—Ya tocarás luego, pero tenemos que darnos prisa para que mi hija no sé de cuneta — Me toca la entrepierna y comprueba lo puesto que estoy. —aunque creo que tú estás más que preparado.

Sonríe. Me mira picara y lascivamente. Estoy paralizado. Quiero follármela muy, muy duro, pero le tengo mucho respeto. Siento que me va a devorar sexualmente y temo no dar la talla.

Se agacha. Me baja los pantalones con las manos y, a medida que hace eso, hace lo mismo con los calzoncillos pero usando los dientes. Mi polla, erguida como nunca, le golpea la cara. Se rie.

—Madre mía, mi hijita estará contenta.

—No la ha visito…

Se sorprende y se relame los labios tras lo que digo.

—Así que voy a hacerle de filtro. Bueno jovencito, no te preocupes. Te enseñare cosas para que, seguro, te haga volver a casa.

Me guía el ojo y empieza a acariciarme la polla mientras pasa su lengua por ella, como si lamiera una barra de helado. Mientras lo hace me mira y el líquido pre-seminal no tarda en aparecer.

—Que olor más fuerte, seguro que tu semen está delicioso.

Lame la punta y me limpia el líquido. Mi polla palpita por sus declaraciones, por sus manos, por su boca. Mete la lengua por el prepucio y repasa todo el capullo. Inmediatamente después se introduce mi polla en su boca y empieza a pajearme mientras me la chupa. Muy rápido. Gimo, gimo bastante y ella para.

—Eh, eh, tienes que aguantarte joven. No nos pueden oír.

—Perdón…

Me vuelve a guiñar el ojo.

Vuelve con mi polla. Se la pone entre los pechos y empieza a masturbarme con ellos mientras la chupa.

—Córrete si quieres, tal y como estás seguirás duro — Dice con dificultad con mi polla en la boca.

Esas palabras hacen que me pierda y le agarro con las manos la cabeza y empiezo a mover la pelvis, fallándome sus tetas y su boca a la vez. Corriéndome sin avisar si quiera porque tengo que aguantarme los gemidos. Cuando salen las primeras gotas ella se libera de mis manos y me aparta un poco, sacando mi polla de sus tetas pero no de su boca. Empieza a masturbarme con las dos manos, muy rápido, bebiéndose todo el semen y exprimiéndome al máximo pero mi polla sigue palpitando.

—Lo que decía, delicioso.

Se levanta y pone sobre la cama. Se abre de piernas y me deja ver su coño, peludos, húmedo y cachondo.

—Ya sabes dónde poner la boca chico. — Me lanzo a ella. Le agarro las piernas y meto mi boca entre ellas. —Con calma chico, rápido pero suave.

Cuando voy a meter la boca veo aún el consolador. Se lo quito y ella misma se abre los labios de su coño. Empiezo a lamer con ganas, con fuerzas. —Alrededor del clítoris, empieza por ahí. Dando vueltas y mordisquitos y, cuando creas, me metes el consolador. — Hago caso. Presiono, mordisqueo, uso el consolador. Quizá todo muy rápido, pero estoy desbocado. Ella se muerde los labios para evitar gemir. —Así carió, así harás gemir a mi hija. — Me agarra de los pelos y escucho sus gemidos ahogados. Acelero con el consolador y lamo más deprisa, de arriba abajo. Finalmente suelta un gemido. —Dios, hacía tiempo que no me sentía así. Me está poniendo mucho follarme a un amigo de mi hija, pensarás que soy una guarra.

—No, la verdad es que pienso que usted sabe disfrutar de la vida.

—Di que sí hijo — Me acaricia la cara, empapada por su corrida. —Pero ahora vamos a disfrutar los dos — Acerca su boca a mi oreja para susurrarme. —Fóllame y cómeme las tetas — Se tumba y me abre su coño. Me pongo encima de ella y se mete casi sola. Demasiado rápido quizá. Ahoga un gemido y yo también. —Fóllame duramente, hasta correrte.

—No se si aguantare mucho.

En vez de contestarme me besa y empieza a mover su coño. Mis manos se agarran a sus pechos mientras me come la boca y su coño se cm e mi polla.

—Toma la iniciativa.

Lo hago. Empiezo a  moverme yo, a darle todo lo duro que puedo mientras le como los pechos. Tras unos minutos me vuelve a coger la cabeza y empieza a gemirme al oído, flojo pero muy lascivamente. No puedo aguantar. Me Empiezo a correr. Ella me agarra y me tumba, poniéndose encima mientras me corro y moviéndose como una loca mientras sus pechos botan como dos pelotas y su melena se alborota. Tras un rato se aparta y empieza a lamerme. Yo estoy sin habla, mudo. Me limpia totalmente. Se pone a mi altura. Me besa.

—Con aliento a semen seguro que la pones mucho.

—No creo que pueda hacer mucho tal y como estoy.

Se levanta y va a un cajón. Coge una pastilla y me la da.

—Con esto sí. Va venga ves y hazla contenta, que quiero volverte a ver.

Me empuja afuera de la habitación, me tira la ropa y cierra la puerta. Enseguida empiezo a escuchar como gime y me visto. Mi polla está flácida pero solo con sus gemidos ya palpita de nuevo. Me trago la pastilla sin agua ni nada y me voy hacía la habitación de su hija, a completar el estudio.

¡Un saludo! 😉

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2 comentarios en “Relato: ¡Ay, la madre!

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