Relato: Follada a ciegas.

Una apuesta. una persona postrada en una cama sin saber quien está en la misma habitación. Látigos, vibradores, mordazas…

Muchas ganas de causar dolor, orgasmos y humedecer a todos.

Espero que gocéis este nuevo relato:

Follada a ciegas.

Ahí está, frente a la cama, esperándome sin saber quién soy.

Hicimos una apuesta. Cuatro amigos y cuatro amigas. Quien perdiera debería dejar que le hiciesen lo que quisiesen, sexualmente hablando. Los chicos y chicas se adjudicarían a una persona del sexo contrario antes de empezar el juego, para que no hubiera nadie con dos pretendientes y, de paso, para que no se supieran el de un lado no supiera quien estaría con el del otro. Para ello se le taparían los ojos y sus compañeros de género le pondrían sobre la cama, taparían los ojos y se irían antes de que llegara el suertudo.

El suertudo soy yo y la “victima”, que espero que también se considere suertuda cuando acabe, es ella. Quien me ha gustado siempre. Con quien nos hemos cruzado miradas, con quien hemos compartido sonrisas de cómplice. Con quien siempre ha habido un tira y afloja y siempre ha habido una tentación y tensión sexual no resuelta.

Está ahí, postrada en la cama, con los ojos cerrados. Ha notado mi presencia, dice nada. Parece nerviosa, pero sonríe y aprieta sus labios, pasa la lengua y hasta se pega pequeños mordisquitos.

La cama está en el centro de la habitación y a su alrededor hay unas cuantas mesas con distintos artilugios. Encima está una lámpara de araña que deja la iluminación justa para no cegarnos pero para que yo solo la contemple a ella.

Me acerco. Llego a los pies de la cama. Está estirada, moviéndose. Su cabello rojo, teñido, le llega por debajo de los hombros, además de tener gran volumen y rodearle sensualmente la cabeza, cayendo onduladamente por los laterales de la cara y rozando con sus puntas sus senos. Tiene las manos por encima de la cabeza, adornadas con unos guantes negros de rejilla que le llegan hasta el codo, sin tapar éste. Su nariz redonda no para de moverse, refunfuña mucho ante mi presencia. Sabe que estoy aquí y no sabe qué le voy a hacer. Sus labios están húmedos, de tanto pasar la lengua. El superior es fino, con una forma perfecta, mientras que el de abajo es más grande y dan ganas de morderlo. Tiene una cara preciosa, una que normalmente va adornada con dos pendientes, en nariz y labio, pero que ahora se ha quitado.

Lleva un corsé negro que le coloca firmemente sus pechos, de tamaño más que complaciente. Esta decorado con formas abstractas que en su interiores tiene tela semitransparente.

Un tanga negro, con la parte frontal decorada con una mariposa cuyo cuerpo esta donde tiene sus labios de abajo y sus alas son prácticamente trasparentes, dejando ver que se ha depilado como mínimo los alrededores.

Sus preciosas y largas piernas van abrigadas con unas medias de red y unos tacones altos, negros.

Me quedo mirándola, enamorado y con ganas de destrozarla en la cama. Pero un destrozo que pueda disfrutar, un destrozo que haga que cuando acabe quiera que la vuelva a montar para destrozarla de nuevo. Miro los utensilios que me han dejado y hay de todo; desde esposas hasta velas, pasando por plumeros, bolas chinas o verduras varias.

—¿Hola? ¿Quién está ahí?

Tras preguntar con su amable voz, una voz que te hace sentir seguro, se muerde el labio inferior, muy lascivamente. Más aún con esos ojos tapados y estremeciéndose un poco.

No digo nada. Le toco la pierna. Al principio se asusta, no se lo esperaba, pero enseguida se tranquiliza y parece incluso que se alegre. Lo bueno le está por llegar.

—¿Qué vas a hacerme?

Pregunta, aparentemente, asustada. Parece que se está metiendo en un papel. Sigo sin hablar, no quiero que sepa quién soy, pero ando alrededor de la cama, acariciando con mi mano sus piernas, sus caderas, su torso y luego su cara, hasta que me pongo detrás de ella y, acerando mis labios a su cuello, lentamente, le doy un beso en éste.

No puede evitar estremecerse y con las manos me toca el pecho y agarra la camisa que llevo. Le doy otro beso y, después, un mordisco a la vez que mis manos acarician su cuello. Me aparto rápidamente y doy unas vueltas alrededor de la cama. Cogiendo cosas, moviéndolas, y volviéndolas a dejar en un sitio distinto. Confundiéndola. No deja de mover la cabeza para intentar localizarme, así como intentando saber que tengo.

—¿Qué tienes? ¿Qué vas a hacer? No me hagas daño, por favor.

Es mala actora, se ve como se muere de ganas por ello. Sus bragas ya están húmedas, lo huelo.

Cojo el plumero, primero hay que dejar bien limpia a la chica para usar el resto. Empiezo por su pierna derecha, suavemente. Le hace cosquillas, pero en vez de riza suena un mini gemido. Está más puesta de lo que pensaba y no puedo evitar tener que desabrocharme un botón. Lentamente, para que no suene. Sigo con el plumero hasta que llego a su entrepierna. Empiezo a limpiarla pero no deja de estremecerse. Las bragas son tan finas que debe de sentir como si no las tuvieras. Se mueve demasiado, tanto que no puedo limpiar como me gusta así que dejo mi utensilio de quitar el polvo, para luego irónicamente darle el que espero sea el mejor polvo de su vida, y agarro unas esposas. Las hago sonar, que se entere bien.

Sonríe, no puede ocultar su emoción.

—¿Vas a esposarme? ¿Me he portado mal?

Doy un golpe en la mesa con el puño.

—¿Eso es un sí?

Vuelvo a dar un golpe.

—Es que a veces soy una chica mala.

Sonríe mientras saca la lengua. No se arrepiente, no quiero que lo haga.

Cojo sus manos y las junto. Las esposas son cortas, así que no tendré problema. Hago que pasen por encima de la cabeza y sus muñecas las tenga justo encima de ésta. Las esposo y luego, cojo una cuerda. Ato sus manos al cabeza de la cama.

Mueve los pies, intenta resistirse. Tiene fuerza y lo hace bien, pero le agarro la boca y rozo mis labios con los suyos. Se desvanece toda fuerza.

—No me vas a controlar con eso.

Y lo sé, seguirá moviéndose. Tengo que ocuparme de las piernas. Agarro dos cuerdas más y voy hacia el otro lado de la cama. Cojo una de sus piernas, con dificultad, llevándome dos patadas, e intento llevarla al extremo. No puedo, me cuesta.

Miro las mesas de alrededores y veo unas pinzas que van con pequeñas baterías.

—¿Ya te rindes?

Golpeo dos veces la mesa. Cojo las pinzas y hago ruido. No sabe que es y eso me gusta. Vuelvo a subirme a la cama y con la mano libre empiezo a acariciar la barriga y subir lentamente hasta los pechos.

—Cerdo, eres un cerdo.

Me intenta dar un rodillazo pero lo evito. Rápidamente le agarro los pechos y retuerzo un pezón. Gime, goza, se estremece. Pero no me basta, así que le coloco las pinzas, bien fuerte.

—Dios, maldito.

Intenta moverse bruscamente para que se caigan, no lo consigue. Salgo de la cama y vuelvo a donde las cogí, enciendo el interruptor.

Se estremece, gime como una ninfómana. Saca la lengua y no puede meterla. No esperaba esto. Las pinzas emiten pequeñas descargas intermitentes de forma continua.

Aprovecho la sorpresa y ato sus dos piernas, cada una a una esquina de la cama. Cuando acabo apago las pinzas.

Jadea, se ha cansado con tanto esfuerzo. No intenta hacer ni fuerza para liberarse las piernas. Es mía.

Golpeo una vez la mesa.

—Sí, ahora has ganado tu maldito pervertido.

Vuelvo a coger el plumero y empiezo a limpiar por donde ha empezado a sudar. Cuando acabo tiro el utensilio al suelo y le empieza a bajar la cremallera del corsé.

—Maldito pervertido.

Se mueve, poco, pero se mueve. Le quito el corsé y lo dejo suavemente en el suelo. Mis manos empiezan a danzar por su desnudo torso, rozando los senos, firmes y bien puestos, con los pezones rígidos. Acerco mi cara y le echo el aliento sobre los pechos, además de acercar mi lengua a éstos para que note la humedad.

No dice nada, se muerde el labio.

Me levanto y voy a por otro artículo de tortura orgásmica.

Cojo una de las velas que están puestas en una base con orificios, para que la cera caliente vaya cayendo lentamente. La enciendo. También cojo un pequeño látigo de tira de cuero. Me siente a su lado, por la parte izquierda, y coloco mi mano izquierda, la de la vela, encima de su ombligo, mientras que con la otra empiezo a acariciar sus piernas.

—¿Qué haces? ¿Por qué te sientas? ¿Te has cansado ya flojucho?

Le azoto en la entrepierna.

—¡Ah!

Grita, luego gime.

Sigo acariciándole la pierna izquierda y rozo sus labios inferiores, apretando con fuerza en esa zona con el mango, para que intente estremecerse sin éxito.

Las primeras gotas de cera caen, en su ombligo. Respira fuerte, grita, saca la lengua. Muevo la vela mientras caen otras pequeñas gotas más. La cera deja un rastro hacía su pecho. Vuelve a gritar, la azoto en las nalgas que deja al aire al intentar alzarse sin éxito. La cera sigue cayendo y tras un tercer grito y otro azote empiezan los gemidos. Rodeo los pechos con la cera y luego, con más precisión y acercándolo más, rodeo la aréola del sus pechos. Los gemidos prosiguen, más fuerte desde que he llegado al pecho. Rápidamente saco la vela de esa zona y voy a la entrepierna. Rodeo su ropa interior, para no destrozarla, y después la desato por el lateral y se la quitó.

Esta depilado, muy suave y liso. Pongo la mano encima, tocando también la cera caliente de alrededor y apretándola para que la sienta aún más.

—Maldito pervertido.

Creo entender eso, pero lo dice entre gemidos y con la lengua fuera.

Me levanto de la cama. La cera ya está seca. Agarro unos guantes con superficie con bolitas por toda la palma y los dedos, éstos totalmente cubiertos, y con ellos puestos cojo una espátula. Empiezo a quitar la cera y tirarla al suelo. Empiezo con la del ombligo y con la otra mano acaricio la zona afectada, con los guantes. Está muy sensible, aunque no muestra apenas molestia o placer hasta que llego a los senos. Cuando quito la cera y luego paso el guante se estremece. Me pongo encima de ella, me siento, juego con los pechos apretándolos y retuerzo sus pezones mientras mis labios se pasea por su cuello, sin llegar a besarla, pero si pasando la punta de la lengua para dejar un rastro de mí ser.

Me giro, sin levantarme de encima, y empiezo a quitar la cera e las piernas y luego, más lentamente, la que tiene por el coño. Acariciándolo después, abriéndole por primera vez los labios y ver ese coño rosado. Es la primera vez que lo veo. Sus pechos ya los había visto, espiándola a veces, pero el coño nunca.

Lo tiene rosado, muy húmedo, y empiezo a tocarlo con los dedos. Sin querer le meto uno, con ese guante lleno de bolitas. Gime, gime mucho y no puedo contenerme. Me quito un guante con la boca y me pongo de rodillas, sin dejar de meter y sacar el dedo de su coño. Me desabrocho el pantalón, Algunos botones chocan entre ellos, pero espero que con sus gemidos no se haya percatado.

—Pervertido, no dejare que me hagas nada con lo que tienes ahí.

Me giro y la veo con la lengua fuera, gimiendo. Es una mentirosa, está disfrutando como una niña.

Me levanto de la cama y me quito los guantes. Es hora de pasar a otras cosas. Agarro un pepino y unas bolas chinas. Primero paso las bolas por todo su cuerpo, para que suenen, para que las sienta, para que sepa que es. Después empiezo, poco a poco, a introducírselas en su coño.

Empieza a gemir, y a gritar. Inmediatamente le pongo el pepino en la boca, suavemente, y empieza a acariciarlo con la lengua.

—Soy… más… de…carne.

Eso que dice entre gemidos me enciende. Me enciende mucho. Le dejo las bolas chinas dentro de su coño, tiro el pepión por la habitación y miro las mesas. Veo una pequeña bola con un cordel. Es un vibrador. Me bajo los pantalones, luego los calzoncillos y me coloco en la cama. Mi poya empieza a rozar con sus pechos, los que no deja de mover, luego me acomodo y la pongo encima de su cara. Ella la busca, primero con la lengua hasta que la roza y luego levantando la cabeza para chuparla. Me estremezco. La ha encontrado bien encontrada.

—Baja un poco, perverso caballero.

Le hago caso. No porque me lo haya dicho, sino porque iba a hacerlo de todas formas. Yo me tumbo sobre ella y empiezo a besarle el coño, subiendo y bajando las bolas chinas con una mano. La otra, con el vibrador agarrado, empieza a tocarle las nalgas hasta llegar al otro agujero, muy humedecido por la cantidad de líquido que ha expulsado de sus labios inferiores.

Empiezo a acariciar el área del año y aprieto levemente con el dedo. Ella cada vez me azota más la poya con su lengua y mis caderas se van moviendo sutilmente; sí, me la estoy follando por la boca.

Me muerde. Me muerde y me vuelve a morder. Me encanta. Gimo, gime, gemimos. Al cuarto bocado le introduzco bruscamente el vibrador en el ano, y lo enciendo.

—Dios, dios, dios.

Dice con mi pene en la boca, chocando los dientes y la lengua con él y apenas entendiéndose las miles de llamadas divinas que hace.

Saco las bolas chinas, bruscamente también: más gemidos.

Le abro con mis manos el coño y empiezo a morderle el clítoris. Gime, me muerde también. Lo vuelvo a morder, pero no lo suelto, y empiezo a golpearlo con la lengua. Nos comemos mutuamente nuestras partes íntimas durante varios minutos. Ella, por culpa de mi euforia, casi se atraganta tres veces, pero no hace señas de querer parar. Acelero el vibrador y levanta su cabeza, metiendo completamente mi pene en su boca y atragantándose de nuevo, está vez más bruscamente. Me levanto.

Salgo de la cama y doy vueltas sobre ella mientras me quito la camisa, me estorba. Busco la forma de poder levantarla un poco, pero no se me ocurre.

—¿Ya llega el plato fuerte?

Golpeo una vez una de las mesas.

No deja de gemir y pedir más. Cojo las pinzas de nuevo y se las vuelvo a colocar en los pezones, las pongo a mayor potencia que antes. Ya no habla, solo gime. Dejo el látigo de cuerdas en la cama.

Sin encontrar solución para levantarla agarro una mordaza con una pelota de plástico. Se la pongo. Después me subo en la cama y me estiro sobre ella, quitando las pinzas. Muerdo sus pozones torturados. Y, ayudándome con las manos, introduzco el pene.

Empiezo a fallármela bruscamente desde el primer momento. Levanto un poco su cintura, con las piernas flexionadas, y le doy duramente. Haciendo que la cama se mueva y parezca que se vaya a romper. No me creo lo que estoy haciendo, tampoco que ella lo disfrute tanto.

Empiezo a gemir y cojo el látigo, le azoto el culo. Gime ella más que yo ahora, pese a la mordaza. Le cómo los pechos mientras sigo penetrándolo. No bajo el ritmo en varios minutos, el vibrador se cae, las cuerdas de las piernas se aflojan lo suficiente para que se libere y me agarra con ellas. Quiere más, quiere que le dé más fuerte. Lo hago y le quito la mordaza.

—Sí, sí, dámelo todo. Sé que eres tú, por tus gemidos. Te escuchaba cuando te tocabas en el baño siempre que nos quedábamos a dormir en tu casa. También te elegí a ti por si perdías, así que hazme tuya.

Sigo durante unos segundos, pero esa afirmación me desconcentra. Estoy a punto de correrme. Le azoto y la golpeo para que me libere de sus piernas. Le muerdo los pezones y meto los dedos en el ano. Tarda, pero logro aflojarla y me escapo. Me pongo de rodillas sobre ella y con una mano le alzo la cabeza mientras que con la otra empiezo a pajearme.

—Abre la boca y saca la lengua.

Es lo primero que le digo y me hace caso entre jadeos.

—Apunta bien, lo quiero todo.

No aguanto ni dos segundos más. Empiezo a correrme y le mancho toda la cara, entera. Poca cae en su lengua o dentro e su boca, aunque se repasa todo lo que puede para tragar y acabo introduciéndosela en la boca. La chupa, la lame y vuelve a lamer, la mordisquea y me la limpia por completo.

Estoy exhausto, jadeando. Lo he pasado muy bien. Creo que ella también. Le quito las vendas de los ojos y su mirada de color castaña me mira mientras sonríe. Una sonrisa sincera, preciosa, que enseguida cambia a una más lasciva.

—Suéltame ya, ¿No?

Me levanto sonriendo y le quito las esposas. Se levanta, me agarra y me tira a la cama. Me esposa.

—Ahora jugare yo.

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