Relato: Contando placeres.

¡Buen@s húmed@s días/tardes/noches!

Imaginad encontraros un/a miembro de la empresa que nunca viste, pero que te presiona el botón de la pasión nada más verla. Imagina que acabáis en la misma cola del comedor, imagina que acepta quedar para cenar, imagina que te l@ cenas a él/ella 😉

Aquí os traigo el nuevo relato.

CONTANDO PLACERES.

Hace mucho calor. Llevo casi dos horas hablando con el director sobre le próximo proyecto.

Se abre la puerta e irrumpe alguien que logra revitalizarme. Una mujer de bellas y esbeltas piernas. Enfundada en un vestido de tubo negro con detalles verdes y de cremallera de arriba abajo, haciéndole un precioso escote que adorna con un precioso colgante. Su sonrisa es tan hermosa que eclipsa el resto del cuerpo, el más bello que he visto hasta hoy, y su mirada profunda, sinuosa, hace que me pierda en ella mientras su ondulado cabello de media melena, castaño casi cobrizo, crean un movimiento hipnótico a medida que se mueve.

Lleva unos papeles en las manos. Pasa a mi vera mis ojos no pueden evitar seguirla con la mirada. Huele a café, algo que me fascina, y el vestido marca un precioso trasero al que le siguen sus hermosas piernas.

Se acerca al director y se agacha sutilmente, remarcando su bello trasero, mientras coloca los papeles en la mesa, frente a él. Tras acabar se gira y me mira, viéndome como la contemplo descaradamente. No se inmuta, y vuelve hacia la puerta. Cuando pasa por mi lado la veo mirándome de reojo, sonriéndome, pero vuelve su mirada al frente mientras su bella melena tapa su hermoso rostro.

Cierra la puerta y su esencia desaparece completamente.

—Es hermosa. ¿Verdad? — me pregunta el director.

—Mucho, demasiado diría yo.

—Pues además es la persona más inteligente que he conocido, un bocado difícil que aún no he visto darlo a nadie, pero volvamos con lo que estábamos.

Paso unos minutos pensando en que ansió ese bocado pero la cruda realidad me hace volver al proyecto.

Tras una hora más por fin acabamos y me dan vía libre hasta el turno de tarde, pero por desgracia ese turno es en dos horas así que no tengo mucho tiempo para relajarme.

Voy a la cafetería de la empresa, donde tienen un café muy bueno, aunque todo lo demás deja un poco que desear.

Cojo un plato de arroz, otro de ensalada y un agua mientras hago cola para pedir el café y pagar. Me llega un aroma y miro delante de mí. Se me escapa un ruido de sorpresa y se me corta la voz. La tengo delante, es ella. La preciosa dama que ha entrado mientras hablaba con el director. Es bajita, bastante más que yo, la cual la hace adorable y me permite mirarla por encima del hombro, recrearme un poco. Se me acelera el corazón, me pongo nervioso.

Da un paso atrás y choca conmigo, casi se me cae la bandeja al notar su trasero en mi entrepierna y rezo para que lo saque de ahí o pronto se sentirá empujada.

—¡Disculpe! — dice con su dulce voz mientras se gira. Sonríe, pero enseguida pone cara de sorprendida. —Es quien estaba con el director — susurra.

—Sí, soy yo. Perdona, estaba despistado y no me di cuenta de que daba un paso atrás.

—Ya veo… seguro.

—Permíteme que te invite — digo, sonriéndole. Se muerde el labio y pone cara pensativa.

—Solo si me deja comer con usted — contesta tras unos segundos.

Obviamente acepto.

Ella tiene tan solo una ensalada y un agua pero ambos pedimos café. Pago por los dos y nos vamos a una mesa para dos personas, frente a frente. De cerca es aún más hermosa. Siento todavía sus firmes nalgas enfundadas en el vestido presionándome la entrepierna y me es imposible apaciguar el ardor que siento mientras ésta empuja mi pantalón.

Hablamos mucho y me entero que es la contable. No paro de mirarla, de contemplarla, de ver como se riza el cabello y se lo pasa por la boca. Me mira muy sensualmente, me tiene hechizado. Pasan casi las dos horas que tengo libre y no me dio ni cuenta.

—Me parece que tengo que volver a mis quehaceres, caballero — dice, pasándose la lengua por los labios sin dejar de mirarme.

—Oh, ya veo — digo algo cabizbajo.

—Podríamos quedar otra vez, si gusta — añade, ante lo que reacciono inmediatamente.

—¿Esta noche? — pregunto, sin darme cuenta de lo atrevida que puede parecer esta proposición. Me mira sorprendida, en silencio. —Me refiero al salir del trabajo, a tomar algo — añado, nervioso. Ella sonríe.

—Claro, me encantaría. Además, estamos en viernes así que nos vendrá genial para despejarnos.

—¿Quedamos a las 8 en la puerta del edificio?

Me da un beso en la mejilla y lo tomo como un “sí”. No me lo puedo creer.

Pienso infinidad de posibilidades mientras veo cómo se va, con paso sensual, a la vez que me digo a mi mismo que no me ilusione, que esto no puede ser tan bonito como parece pero el de abajo ya lo está celebrando.

Pasan las horas y, finalmente, llegan las ocho. Estoy en la puerta desde hace diez minutos, por si acaso, por si aparece antes no perder el tiempo.

Pasan cinco minutos de las ocho y aparece por la puerta, con una fina chaquetita por encima de sus hombros.

—¡Perdona, me retrase! — me grita mientras sonríe, tropezándose y acabando en mis brazos tras correr a agarrarla.

—No te preocupes, esa sonrisa merece toda la espera del mundo.

Me mira de reojo, mientras se incorpora. Se pone el cabello tras la oreja y me sonríe.

—Me acompañas a casa, ¿A ponerme algo más apropiado?.

—Por supuesto, aunque creo que así estás perfecta — y tanto que lo está. Estando frente a ella puedo ver su bello escote en el que desearía perderme y desde atrás se ve sus preciosas nalgas que parecen danzar a cada paso.

—¿Vamos? — me dice, creo que por tercera vez. Me he quedado embobado contemplándola. Sonríe inocentemente.

Pedimos un taxi y ella le dice su dirección, la cual sorprendentemente está muy cerca de mi casa. Hablamos de cosas tribales, de cosas del trabajo. Llegamos y vamos a la puerta de su casa, algo más pequeña que la mía pero con una fachada más bonita.

—Desde luego parece la casa de una bella damisela.

—Vas a sonrojarme. Yo diría de una despistada y traviesa damisela, por eso hay tanto colorido — dice, riéndose mientras se pasa el cabello por sus labios y clava su mirada en mí. —Venga, vamos a entrar.

Sonreí y acepto la invitación.

Abre la puerta y me agarra la mano. Entramos y avanzamos por el recibidor. Paso a paso va mostrando su sensualidad, su culito marcadito, mientras va mirando de reojo hacía atrás. Me siento abrumado, no esperaba esto cuando la vi entrar en el despacho del director pero no negaré que lo deseé con todas mis fuerzas.

—Estás muy callado — Me dice mientras me lleva hasta su habitación.

—Es difícil hablar mientras veo tu elegancia moverse frente a mí.

—Tonto… — me contesta mientras me tira en la cama, perfectamente hecha. Me sonríe, me da un beso en la frente mientras palpo sus piernas pero se aleja. Va al armario que hay frente a la cama y lo abre, coge varias prendas de ropa y se va al baño que hay en la habitación. —Espero que me aconsejes bien.

Su sonrisa, su cuerpo, me lo imagino cambiándose y se me alza todo. Estoy nervioso, no quiero salir de esta habitación, quiero quedarme en ella y hacer que sienta el placer como si no hubiera un mañana.

Se abre la puerta y sale con un vestido azul celeste, de falda corta y cintura fina. Con un top de un tono más oscuro y que se ata por detrás, realzándole los pechos. Me encanta.

Lo apruebo, pero ella quiere seguir probando.

A cada traje que se pone está más sexy.

Sale con una mini falda de tubo, negra, ajustada, realzando sus caderas. Lleva unas medias y unos tacones rojos. Arriba una camisa, blanca, con una corbata roja.

—¿Qué te parece?

—¿Puedo ser sincero?

—Eso espero.

—Digamos que con eso causarás torticolis a todo el que pases y seguramente mucho más — Contesto, devorándola con la mirada de arriba abajo. Me fijo que tiene los botones de arriba de la camisa desabrochados.

—¿Sí? ¿Qué otras cosas? — Pregunta, andando lentamente hacía mí. Botándole los pechos a cada paso. —¿Me lo puedes decir? — Dice, mirándome fijamente y haciendo que me cueste no mirar a sus resaltantes pechos mientras se inclina hacia mí. Pone la mano sobre mi muslo, la sube lentamente. Mi pene palpita, la nota cerca.

—Ganas de pecar — Digo, con sus labios frente a los míos. A escasos centímetros. Nuestras narices chocan y su mano se frena mientras sus dedos se estirazan, rozando mi pene y colocándose acomodado alrededor del bulto que hace en mi pantalón.

—Ya veo… — Dice lentamente, casi susurrando, y se pasa la lengua por los labios mientras su profunda y sensual mirada me atrapa como un hechizo. —A ver qué te hace sentir el último modelito — Dice mientras se levanta. Se marcha y puedo verla por detrás, con la falda algo subida. Se agacha frente a la puerta, a bajarse las medias, y puedo ver por debajo de sus piernas como no lleva bragas. Casi me da un ataque. Lo tiene rosado, rasurado, y brillante. Húmedo. Trago saliva y me atraganto. Oigo como se ríe mientras se levanta y vuelve al cuarto de baño.

En estos escasos minutos he imaginado como la hacía gemir de mil y una maneras. Podría haberme corrido solo con la imaginación si hubiera seguido cerca de mí.

Mi mano está acoplada en mi entrepierna, masajeándome el nervioso y alterado pene que se muere por probarla, al igual que yo.

Pasa un par de minutos y se vuelve a abrir la puerta.

Me levanto nada más verla.

Está espectacular. Se esconde, colocándose de forma que apenas pueda verla pero aun así sepa que está increíble. Sus piernas, desnudas, son esbeltas y hermosa mientras que sus bragas trasparentan su nalga derecha, juguetona, que no deja de moverse mientras ella se estremece en el canto de la puerta. Su cintura, sin nada, se desvanece tras la madera mientras que sus brazos acarician lo que quisiera que fuera mi cuerpo. Su mirada, clavada en mí, me paraliza.

—¿Qué te parece? — me dice, mordiéndose el labio, mientras se mueve sutilmente. —¿Te gusta? — sigue preguntando, algo que es obvio, y avanza. Se tapa con sus brazo los pechos pero no veo las tiras de un picardías que seguro me enamorará.

—Creo que es perfecto — digo, dando unos pasos hacia delante.

—¿Tú crees? ¿No es muy atrevido?

Me acerco a ella, desbocado pero calmado. No hay marcha atrás, ya no. Aparto sus manos lentamente, frente a ella, mirándola desde arriba y veo como la parte superior de la lancería que lleva también se trasparenta. Negra, mostrando unos pechos hermosísimos y firmes, con unos pezones endurecidos que tienen el tamaño perfecto.

—Para nada, es perfecto…

Mis manos se van a sus senos y empiezan a acariciarlos. Ella exhala un pequeño gemido que hace que me estremezca mientras mis dedos se hunden en esa suavidad tan sensual. Me mira, mordiéndose el labio, y pone su mano sobre mi pecho, notando mi corazón acelerado, mientras yo sigo palpando sus senos, rozando sus pezones.

Con su otra mano agarra las mías y las aprieta contra su pecho mientras con la otra agarra fuerte mi camisa. Se muerde el labio mientras me mira y no deja de respirar de forma muy lasciva. Paso mi lengua por los labios y empiezo a magrearla más salvajemente. Pasando mis dedos entre sus pezones y apretándolo mientras agarro sus pechos con todas mis fuerzas.

Se pone de puntillas, me besa, y una de mis manos va automáticamente a su cara mientras la otra se filtra por debajo del picardías y nota lo caliente que están sus pechos.

Se pone de puntillas y me beso. Le muerdo el labio y me devuelve el mordisco. Ha sido involuntario, casi acto reflejo, pero no parece haberle molestado. Todo lo contrario, parece gustarle. Me agarra más fuerte el pecho mientras nuestros labios luchan, mientras mi lengua se enreda en la suya.

La empujo, la llevo hasta la puerta y está se cierra tras ella. Le masajeo los pechos mientras agarro una de sus manos y la agarro contra la puerta. Mis labios abandonan su boca para bajar por su cuello. Lo mordisqueo, gime. Su otra mano agarra mi cabeza, mi cabello, y aprieta mientras sigo bajando con mi lengua, babeando el recorrido de esta por su cuello y marcando mis dientes cada pocos milímetros.

Suelto su pecho, con pena, mientras mis labios se acercan a su garganta. Los dedos se deslizan por su barriga, suave y caliente, hasta llegar a la cintura y acoplarla en sus caderas. Ella me empuja la cabeza y ayuda a llegar a sus pechos, blandos y calientes. Su picardías es suave y fino, lo que no impida que note la textura de sus pechos, la dureza de sus pezones.

Abro mi boca lentamente, frente a su pezón, y saco la lengua. Con la punta aprieto el pezón izquierdo y presiono. Gime. Me empuja hasta hundir mi cara en sus pechos. Agarro su nalga a la vez que abro mi boca y muerdo su teta. Aprieto, en ambas parte, y golpeo la puerta con su mano. Ella gime, yo disfruto.

Sus nalgas están también caliente. Son firmes y tonificadas. Noto como se estremecen, como se retraen a cada apretón que le doy. Filtro mis dedos por sus bragas y noto su piel palpitante.

—Sí… — dice jadeando cuando suelto su mano y la llevo a sus pechos, para ayudar a mi boca a alimentarse mejor. Le saco el picardías, con su ayuda, y agarro firmemente su pecho izquierdo y lo presiono mientras succionó su pezón con mi boca. Lo mordisco, lo azoto con mi lengua y no lo dejo tranquilo mientras mi otra mano filtra sus dedos entre sus nalgas hasta llegar a su húmedo coño, mojando tanto su culito como su ropa interior y empapando mi mano entera. Gime y jadea. A mí me duele la entrepierna, pero me duele más cuando noto que su mano se acopla a ella. La miro desde abajo, mientras cambio mi boca de pecho. Me sonríe. —Tengo que pasar cuentas — me dice mientras desabrocha habilidosamente el pantalón. Muerdo intensamente en ese momento y ella gime. Separo sus nalgas y luego llevo mi mano por su cadera hasta llegar a su húmeda entrepierna. —¡Eh! Soy yo quien tenía que echar cuentas — dice entre risas. No contesto, tan solo empiezo a acariciar su coño mientras ella me baja los calzoncillos, temblando. Mi pene sale rebotando, por la presión, pero pronto me lo para con sus cálidas manos. Lo aprieta, noto cada uno de sus dedos. Aplasta mis venas y noto como se muerde el labio. —Como lo tienes…

—Como me lo has puesto tú — digo mientras suelto su pecho. Presiono con mis dedos y ella empieza a levantarme la piel del pene, liberando mi capullo. Gimo a la vez que ella. Muerdo su cuello, subo hasta su boca y empiezo a besarla. La empujo hasta que toda su espalda está contra la puerta mientras mis dedos juegan alrededor de su clítoris.

Ella me masturba. Arriba y abajo, mientras con su otra mano agarra fuerte mi camiseta. No tarda en quitarme la camiseta mientras cada vez estamos más calientes y yo me quito los pantalones y los calzoncillos como puedo, así como los zapatos. Quedamos completamente desnduos mientras nuestras manos no dejan de darnos placer. Su boca en mi orjea, mordisequeandola y gimiendo mientras yo me aferro a su cuello. Mis manos en sus pechos y su coño, jugando con su clítoris. Agarrándoselo, pellizcándoselo. Subiendo mis dedos de abajo arriba y de arriba abajo, pasando cerca de su agujero, amagando penetrarla.

Ella por su parte no deja de masturbarme, cada vez más frenéticamente. Mi líquido pre-seminal aparece y noto como se baña los dedos en él. Me pone a mil y no puedo evitar meterle los míos en el coño. Se estremece, retuerce las piernas y gime.

Empieoz a moverlos, velozmente desde el primer segundo. Grita, varias veces, pero a éstos les siguen gemidos.

—Dios, sí, sí por favor — grita entre jadeos y gemidos. Vuelve a masturbarme, salvajemente, mientras no dejo de penetrarle con los dedos. Dentro y fuera, sin parar. Agarro su cintura y me curvo un poco, haciendo que tenga que soltar mi pene, pero pudiendo penetrarla mejor. Mi boca se va a sus pechos de nuevo, los cuales no dejan de botar, mientras ella agarra mi cabello y me estampa la cara contra sus grandes senos. —Dios… sí..

—¿Quién cuenta, qué? — digo, entre mordisco y mordisco.

—Yo, todos los gemidos que me estás causando — Dice, mirándome, relamiéndose los labios. —Pero ahora contaremos otra cosa — añade, levantándome la cabeza de sus pechos y besándome. Me quita la mano de su coño y levanta su pierna derecha, pasándola por mi cintura. Con su otra mano agarra mi pene y lo lleva hasta su coño. Palpita, se agranda y se hincha. Agarro sus nalgas con ambas manos y la alzo. —¡Oh! — grita riendo mientras me agarra con ambas piernas la cintura, rodeándomela, a la vez que mi pene se desliza por su coñito. Tardo unos segundos en lograr centrarla en su agujero pero en cuanto lo hago ella ahoga un gemido y me estira de los pelos. Sus ojos se abren y respira fuertemente.

Se muerde el labio y después se los relame. Sonríe mientras la miro y ella asiente la cabeza mientras mueve lentamente sus caderas, haciendo que la penetre lentamente mientras va soltando un placentero gemido. Nada más escuchar ese gemido acelero. Su espalda choca violentamente contra la puerta mientras sus pechos, aplastados contra mi torso, intentan botar salvajemente.

Me muerde el labio, luego el cuello y luego de nuevo el labio. La beso, agarro su lengua y no la suelto mientras aprieto sus nalgas como si quisiera incrustar mis dedos en ella mientras no dejo de penetrarle.

El sudor recubre todo nuestro cuerpo y hace que cada vez sea más difícil mantenernos en esta postura pero no es algo que me preocupe.

Cojo aire entre beso y beso y tiro arriba, empujando su culo, mientras ella se aguanta con las manos en mis hombros y recoloca sus piernas, apretándome más, apretándole yo más en cada penetración a la vez que ella ayuda con el movimiento de sus caderas.

Pasamos unos minutos más hasta que ambos nos frenamos, con mi pene en su interior, jadeando. Cansados de tanto gemido y esfuerzo. Nos miramos, nos reímos como dos niños y nos besamos.

—Vamos a la cama — me dice, susurrándome en la oreja.

—Me parece bien — digo entre jadeos mientras giro y empiezo a andar como un pato mareado, penetrándola a cada paso, gimiendo ambos al unisón de cada metro recorrido hasta llegar a la cama.

Me inclino como puedo y la dejo caer, separándonos finalmente. Esta frente a mí, con su precioso cabello cobrizo, mordiéndose el labio mientras se pone de rodilla.

—La tienes grande de verdad — dice mientras acerca su cabeza a mi pene, mirándolo muy lascivamente. —¿Crees que crecerá más?

—Quizá si la riegas — digo entre risas que rápidamente se vuelve gemidos al notar como su lengua rodea el tronco de mi pene. Sus manos tensan la piel del tronco, descubriendo el capullo, y su lengua empieza a lamer la punta de mi pene. Presiona con el capullo la parte rasposa de su lengua, pasándola por debajo, haciéndome estremecer y escupir liquido pre-seminal.

—Mmm, niño malo — dice, sonriendo, y golpea con sus dedos mi pene. Duele, pero enseguida se me pasa cuando se lo mete en la boca. Balbucea algo pero entre el placer y que apenas se le entiende no me entero. Sus dientes rozan contra mi piel y su lengua palpa cada rincón. Empieza a comérmela, succionándomela, y casi metiéndosela entera.

—Dios… sí… — digo mientras agarro su cabello con fuerza mientra sigo los movimientos de su cabeza.

Tras unos segundos de placer saca la polla de su boca y empieza a lamérmela de abajo a arriba, llegando a la punta y volviendo a bajar, para unos segundos después empezar a comérsela de nuevo mientras masajea mis testículos.

Estoy a punto de correrme, pero no quiero, pero cuesta frenar este torrente de placer.

—Muerdeme — digo, y veo como abre los ojos y me mira sorprendida. — Si no me muerde me correré en tu boca y la gracia se acabará.

Lo hace, duele pero logro frenar mi desbocado afán de sexo. Se la saco de la boca y me relamo los labios.

—Lo voy a querer para luego eh, no puedes soltar nada fuera de mi boca — dice, sonriendo, mientras se vuelve a estirar en la cama, lentamente, acariciándose sus pechos de forma tan sensual que ya se me ha olvidado el mordisco dado.

—Por supuesto — digo… mientras abro sus piernas y me pongo a cuatro patas en la cama. La beso, lentamente, y voy bajando. Ella mueve sus piernas, se encaja alrededor de mi cuerpo, y acaricia mi espalda mientras mis labios bajan por su cuello, sus senos, presionándolos y parando en los pezones para lamerlos lentamente. Rodeando su pezón, golpeándolo, y soltándolo para seguir bajando por su cintura.

Juego en sus caderas, pegando pequeños mordiscos, mientras mis dedos se deslizan por su coño y sus manos se acomodan en mi cabeza. Sus rodillas, por encima de mi cabeza, se preparan para lo que sabe que viene. Abro sus labios inferiores y mis labios siguen bajando mi cara hasta que empiezo a empampármelos con sus flujos vaginales.

Huele estupendamente, muy intenso, muy sabroso y cuando saco la lengua y la paso de arriba abajo, palpando su pequeño y bonito clítoris, lo confirmo. Es un mangar, una delicatesen, néctar de dioses.

Exime un gemido y agarra mi cabello. Alzo la vista y veo como se agarra sus preciosos pechos con la otra mano, palpándoselos bien, mientras me observa. Se sonroja al ver que la contemplo, está adorable. Adorablemente lasciva. Sonríe y saca la lengua, la mueve muy lascivamente. Lame sus labios y se los muerdes, pellizca sus pezones, mientras mi boca empieza a besas su coño como si de ella se tratase.

Me empapo en flujos pero sigo besando su coño. Paso mi lengua por los laterales de sus labios, rozando el clítoris, y rodeando ese agujerito que tengo tantas ganas de penetrar.

—Sí… sí… —jadea mientras mi lengua empieza a rodear su clítoris, muy amenazantemente.

Lo araño con los dientes y luego empiezo a aplastarlo. Lo empujo con todo el grosor de mi lengua mientras lamo de abajo a arriba. Aparto un poco la boca y vuelvo a hacerlo, cada vez empezando más abajo. La punta de mi lengua empieza a filtrarse por su agujero antes de empezar a subir, arrasando con todo, y ella gime en cuanto sucede.

—¿Qué te pasa? Voy a hacer que pierdas la cuenta —digo mientras meto mi lengua en su coñito, lentamente, moviéndola muy suave.

—La perdí… hace… rato… —dice entre jadeos mientras me aprieta la cabeza.

Meto mi lengua entera y comienzo a moverla salvajemente. Rodeo sus muslos con mis brazos, agarrándoselos fuerte, mientras sus rodillas presionan mi cabeza. Saco la lengua y vuelvo a lamer su coño, de abajo a arriba y de arriba abajo. Cada vez gime más.

Juego con su clítoris. Lo rodeo lentamente. Lo azoto con la lengua. Lo aplasto. Ella sigue gimiendo. Me suelta la cabeza y miro hacia ella, tiene los dedos en la boca, lamiéndose. Me pone a mil. Además de seguir pellizcándose los pechos, ahora se los lubrica con su propia saliva. Empiezo a ser más agresivo con su coñito y succiono con mi boca, agarrando el clítoris con los dientes y azotándolo con la lengua, sin tregua. Una de mis manos se aferra a su pierna derecha, clavándole los dedos, mientras la otra se desliza a su coño y le penetro con dos dedos, sin aviso. Mordisqueo varias veces sus clítoris a la vez que paso la lengua por encima, en círculos, aplastándolo, mientras mis dedos no dejan de entrar y salir, moviéndose alocadamente para todos lados en todo momento.

Se desboca. Aprieta mi cabeza con sus rodillas con todas mis fuerzas mientras gime. Intento alzar la vista pero de como mueve sus caderas apenas la veo.

—Dios, dios, dame… dame más. Estoy a punto.

Me enciendo. Empiezo a meter los dedos mucho más rápido, y añado un tercero, sin dejarlos de mover. Mi lengua se desboca, me duele la mandíbula de todo lo que la voy moviendo, pero no paro. Ella gime, gime mucho y me agarra los cabellos con ambas manos, estirándome de ellos mientras aprieta con sus rodillas. Está a punto, lo noto, no deja de moverse.

—¡DIOS! —grita y me empapa la cara. Sigo lamiéndome y empieza a empujar mi cabeza, sacándomela de entre sus piernas. —Madre mía… nunca me había corrido tan rápido…

—Pues me alegro, creo.

—No, tú aún tienes que alegrarte más — me dice, sonriendo mientras vuelve a acariciarse sus pechos, sacándome la lengua. —Hasta el fondo —dice y se muerde el labio, abriendo sus piernas e invitándome a su interior y, obviamente, acepto.

Sonrío, sonríe y me abalanzo sobre ella. Sus piernas se elevan tras de mí y no tarda en rodearme con ellas mientras empujo hasta el fondo de su interior. Ha sido rápido, no he dudado, y ella ha gemido muy lascivamente pero ahora tengo mi lengua en su boca y mi pene en su coño. Está húmedo, resbaladizo, caliente y mi pene palpitante se impregna de ese deseo de correrse.

La embisto locamente mientras la beso. Muerdo su labio y agarro sus nalgas fuertemente, acompañando el movimiento de sus caderas mientras la penetro.

—Cambiemos de postura — digo, apartando mis labios de sus besos.

—No sé… si tengo fuerzas — dice entre risas y me vuelve a besar.

—No tendrás que hacer nada — le digo.

Accede. Me separo de ella y se pone a cuatro patas, con los pechos contra la cama y el culo alzado.

La penetro, lentamente. Veo como se estremece y estira los brazos. Le gusta. Empiezo a moverme, lentamente, mientras palpo bien sus nalgas. Las abro, las cierro. Empiezo a acelerar y veo como se agarra a la almohada y muerde las sabanas. Me pone mucho, así que acelero. Una de mis manos se desliza por su cintura, llegando a su coño, y empiezo a masturbarla mientras me la follo, azotándole también el culo. Gime, gime mucho, pero yo más.

Sigo acelerando, cada vez más. Me queda poco.

Pego mi cuerpo al suyo, doblándome, y agarro sus pechos con la mano que la azotaba, retorciendo los pezones, mientras follo lo más rápido que puedo y aplasto su clítoris.

—Dios, no me queda mucho.

—¿¡Qué!? No, no puedes ahora. ¡Quiero tragármelo todo!

—Dios, dios — digo mientras no puedo frenar.

Ella se libera como puede y me mira. Jadeo, mucho. Me mira y se muerde el labio. Me coge el pene, me lo masturba, y acerca su boca. No aguanto, me corro.

—Ah… niño malo —dice, con la cara manchada mientras corre a meterse mi pene en la boca. Gimo, gimo mucho y la lleno de semen. Me estremezco, pierdo el sentido y no dejo de gemir mientras aprieto su cabeza, acompañando el movimiento. Tras unos segundos frena, empieza a ir más despacio y se saca la polla de su boca. Empieza a lamerla. Estira la piel de mi flácido miembro y pasa la lengua por el capullo, por la parte del pliegue para dejarla bien limpia. Tras eso se separa un poco y se pasa su mano por la cara, llevándosele semen que tiene por ella a su boca y lamiéndose los dedos.

—Dios… —digo, jadeando.

—Sí… dios…

Nos reímos, como podemos, y nos tumbamos juntos en la cama. Sudando y aún sin aliento.

—Deberíamos pensando en cenar — digo, mirándola y mordisqueando su cuello.

—¿Aún tienes hambre? Eres insaciable — contesta riendo.

—Se un sitio perfecto, pero antes necesitamos una duchita.

—Estoy de acuerdo.

Le beso, me besa. Nuestras piernas se entrelazan y mi pene aún deja escapar algo de líquido manchándole la pierna mientras mi muslo se mancha por su coñito. Empieza a erguirse y ella a besarme más apasionada. La ducha será con agua caliente, seguro.

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