Relato: Al salir del convento.

¡Buen@s humed@s días/tardes/noche!

Volvemos con las pilas cargadas, con un nuevo relato. De los más largos y, además, narrado desde la voz femenina.

Imaginad llevar una vida pura y tener la tentación de coger una de esas revistas donde salen cuerpos esbeltos, desnudo, y que alguien atractivo te descubra…

Esperamos que os guste 😉

Al salir del convento.

Nunca imaginé que pecar pudiera ser tan satisfactorio. Esta mañana, cuando planeábamos una travesura, no era capaz si quiera de diluir el gozo que sentiría a raíz de esto.

Estábamos en la escuela de monjas, saliendo de clase como cada día, pero en vez de ir para los dormitorios fuimos detrás del gimnasio. Allí hay un agujero en la vaya tapado con un arbusto que utiliza una compañera para salir a ver a su novio y dar su cuerpo a Satán. Yo y las tres compañeras de habitación decidimos salir del convento y mirar chicos porque no aguantábamos más la idea de que la pija de la escuela fuera la única que supiera que eran los placeres carnales.

Estuvimos deambulando por el pueblo con nuestros uniformes, falda larga y camisa de manga larga con el cabello recogido y unas medias que no dejaban trozo de pierna al aire, además de unas bailarinas. Todos nos miraban, muchos de los chicos fijamente, y era algo que me estaba encantando. En nuestra escuela solo nos miran los profesores y el director y es para sermonearnos.

Tras unas horas paseando entramos en un quiosco y alucinamos con la cantidad de artículos que ahí había. Desde videos con mujeres desnudas en la portada hasta revistas con hombres con su torso al descubierto. Quería una de esas pero no llevaba dinero. Sin darme cuenta ya me la había guardado bajo la camisa mientras mis compañeras cubrían para que nadie nos viera. Cuando estuve seguro de que no se notaba intentamos salir del quiosco pero el dependiente, un chico joven y apuesto, me agarró del brazo.

—¿Qué llevas ahí? — dijo con una voz grave. Mis compañeras salieron corriendo asustadas y yo ahogue un grito en un suspiro mientras me giraba. —¿No es pecado robar? — me preguntó mientras mi respiración se aceleraba pero no era por haber robado sino por tener un chico tan cerca de mí. Sus labios al hablarme, sus ojos clavados en mi cuerpo y su olor me estaban embriagando. Mi mente echó a volar y nos imaginó a ambos haciendo lo que narraba nuestra querida y odiada compañera. Apreté las piernas y noté una humedad abajo que nunca ante había notado… —Eh, tú, ¡Reacciona! — Exclamó el joven.

—Lo, lo siento… — dije exaltada. —Por favor, haré lo que sea… — dije, temblando a la vez que daba un paso más cerca de él.

—Dudo que podamos engañar al de ahí arriba, señorita — Me dijo mirándome, algo sonrojado. — Va, enséñeme que lleva ahí.

Me levante bastante la camisa, para sacar la revista, hasta que se me el sujetador. Adrede, claro está. No sabía porque, pero mi corazón latía emocionado y mi temperatura aumentaba. El chico, al ver la revista, se le pusieron los ojos como platos y me miró fijamente, sonrojado.

—Esto… Haré lo que sea si no dices nada… — El chico no contestó y siguió mirándome como me colocaba bien la camisa. Lo miré fijamente y sin pensarlo me puse de puntillas y le susurré en el odio — Lo que sea… — repetí, tirando la revista al suelo y agarrándole del brazo.

Estaba nerviosa, no sabía si quiera que era lo que quería realmente pero en mi cabeza solo salían imágenes de lo que me contaba mi compañera pero sustituyéndola a ella y su novio por mí y el dependiente…

Y aquí estoy, en la trastienda, quitándome la ropa mientras él ha ido a cerrar con llave. Escucho como cierra la puerta y viene hacía aquí. Noto mi entrepierna húmeda, ansiosa de verle entrar.

El lugar es pequeño. Con un sofá y una radios, además de varias cajas.

Me quedo en bragas y sujetador, pero con calor aún. Noto como mi cuerpo se estremece. Junto las piernas y las hago rozar entre ellas, palpando la humedad de mi coño, y él por fin aparece.

Se queda con la boca abierta, en la puerta. Traga saliva y se moja los labios. Me mira de arriba abajo, con una cara de deseo que hace que suspiré lascivamente, mojándome los labios con la lengua y mordiéndomela después.

—De… de verdad, ¿Harás lo qué te pida? — Pregunta, sonrojado. Es adorable y atrayente a la vez. Esa mirada pérdida, de color marrón, con ese cabello corto, castaño, y esos fuertes brazos fornidos de tanto cargar cajas temblando con ansias de cogerme. Es como si notara ya sus dedos en mi cuerpo.

—Pero… promete que serás gentil — digo, mintiendo ya que quiero que me haga gozar mucho más de lo que haya gozado mi amiga — es mi primera vez… — añado.

—Ta-también la mía — contesta, sorprendiéndome. Por su atractivo físico esperaba que fuera un mujeriego. Eso me pone aún más. Descubrir el placer a la vez que alguien… — pero lo haré lo mejor que pueda — dice mientras cierra la puerta y se acerca a mí. Doy unos pasos, descalza, hacía el y al fin estamos frente a frente. El no saca la vista de mis ojos, que lo miran lascivamente mientras me alzo de puntillas y le beso.

Mi cuerpo arde, mis labios se empapan. Su lengua es esponjosa, húmeda, y a cada beso respiro más fuerte y siento que el pecho se me va a salir. Agarro su mano izquierda y la llevo a mis pechos mientras que la derecha la lleva el hacia mi culo y me lo agarra con avaricia mientras me alza, haciendo más cómodo el beso.

Noto como sus dedos se filtran por mis bragas, palpando mis nalgas, a la vez que no deja de magrearme los pechos, sacándomelos del sujetador. Roza mi pezón derecho, se endurece y él se detiene tanto en sus manos como en sus labios. Separo un poco la cabeza y le miro, sonrió, y agarro su mano para que apriete con fuerza. Suelto un leve gemido y el aprieta más suavemente, pero más cerca del pezón. Me lo roza varias veces a la vez que me va separando las nalgas y acercándose a mi coño con sus dedos. Estallo en placer.

Mi mano baja por su pecho lentamente hasta llegar a su entrepierna, palpando el bulto que tiene entre los pantalones. Se estremece, me muerde el labio, mientras sigo ahogando mis gemidos en sus besos. Acaricio de arriba hacia abajo suavemente, varias veces, por encima del pantalón. Noto como palpita, como aguanta sus gemidos y como me agarra las nalgas con mucha más fuerza, filtrando sus dedos, rozándome los labios inferiores, los cuales chorrean tanto que mis bragas están empapadas y pronto lo estarán sus dedos.

Agarro como puedo su pene, apretándolo, notando aún más lo ardiente que está mientras él no deja de besarme cada vez más rápido, metiéndome toda su lengua descontrolada y apretándome el pezón, retorciéndolo, pasado de uno a otro mientras roza mis labios, con sus dedos ya empapados, haciendo que mis piernas tiemblen y me estremezcan.

Intento pasar mi mano por dentro de su pantalón, sin éxito, así que acabo desabrochándoselo y noto como su pene palpita mucho más ahora que no está oprimido. Puedo agarrarlo por completo a través de los calzoncillos. Es enorme, noto su vena bien marcada, y me pongo mucho más aunque no tanto como él. Saca su ano de mi culo y pasa suavemente por mis caderas hasta pararse frente mí coño, palpándolo, presionándolo.

Separa sus labios de los míos y me mira. Debo de estar completamente colorada y con cara de tonta, mirándole mientras me muerdo el labio y respiro fuerte, muy lascivamente.

—¿Cómo estás? — Me pregunta. Estoy en blanco, solo puedo pensar en sus besos, su pene y mi coño. Su mano palpando mi pecho y sus dedos presionando mi coño. —¿Quieres parar? — Añade, preocupado por mi silencio. Niego con la cabeza mientras agarro más fuerte su pene, se estremece, a la vez que muevo levemente mis caderas para que mi coño se pasee por sus dedos, haciendo que estos se filtren por dentro de mis labios y hagan que se me escape un fuerte gemido cuando pasa por mi pequeño clítoris.

Empieza a palparme los pechos, a besarme el cuello y a jugar con mis labios inferiores mientras yo sigo acariciándole el pene a través de los calzoncillos, los cuales tiene húmedos. Están pegajosos, viscosos, por la zona de la punta de su miembro. No dejo de salivar desde que he notado esa viscosidad, preguntándome como sabe, a la vez que gimo por cómo me está masturbando. Centra sus dedos en mi pequeño clítoris y los mueve en círculos mientras sus labios siguen bajando por mi cuello hasta llegar a mis senos, mordiéndomelos mientras me los manosea con su otra mano. Cada vez gimo más y me tiemblan las piernas, no dejo de moverlas a cada caricia suya. Me estremezco. Su lengua rodea mis pezones, me los muerde a la vez que pellizca mis pezones.

Yo cambio de mano con la que le palpo y llevo finalmente la otra a mi boca, saboreando el espesor de su líquido, disfrutando ese intenso olor. Paso la lengua entre mis dedos, me muerdo el labio y pierdo mis sentidos. El calor que siento es tan fuerte que empiezo a hacer movimientos erráticos. Mi coño se desliza entre sus dedos hasta que, por accidente, éstos entran en mí. Grito y después nos quedamos en silencio. Separa su boca de mis pechos y no miramos. Pasan unos segundo. Se muerde el labio a ver mi lascivo rostro, lleno de saliva por estar lamiendo mis dedos. Tras un minuto empiezo a mover mis caderas, arriba y abajo poniéndome de puntillas, masturbándome con sus dedos corazón e índice en mi interior. Respiro fuerte porque al principio duele pero enseguida acelero sin pensarlo siquiera por el placer que siento. Noto como se pone, como se acelera su respiración y su corazón, como se sonroja y como finalmente coge el mando.

Acelera sus movimientos mientras gimo de placer, sin cortarme, a la vez que nombro a dios en varias ocasiones. He perdido el norte, no hago nada más que dejarme hacer. Me penetra con sus dedos, cada vez más rápido, mientras su boca se pierde entre mis pechos y su otra mano agarra mis nalgas para que no me caiga mientras mis piernas flaquean y me inclino hacía atrás. Mis dedos llenan mi boca, sin saber porque, mientras gimo y salivó. Noto como sus dedos se mueven en mi interior, como empujan las paredes de mi coño para abrirse paso en mi gozo.

—Oye — dice, tras no sé cuánto tiempo haciéndome sentir en el mismísimo paraíso. Intento contestar pero como no frena me es imposible dedicarle más que una mirada y gemidos. —Antes has dicho que harías lo que fuera, ¿No? — me pregunta, mordiéndose el labio y frenando un poco en su esmero por no dejarme contestar. Asiento con la cabeza mientras saco la lengua y me la paso por mis labios. — Entonces… — murmura mientras frena sus dedos hasta parar. Me los saca lentamente, algo que me da mucho placer, y se le quedan los ojos como platos al ver que están con sangre. —¿Estás, estás bien? — me pregunta, preocupado. Algo que me pone aún más de lo que estaba. Le acaricio la cara y le beso.

—Sí, ya te dije que es mi primera vez. Mi amiga me dijo que esto sucedía cuando una es virgen — contesto tras el beso. —Así que me has hecho algo que nadie más podrá — Le susurro en el odio mientras llevo mi mano a su pene. —¿Qué es lo que querías? — pregunto cuando llego a su entrepierna. Doy un paso atrás, sorprendida, ya que palpo su tronco directamente. No lleva los calzoncillos puestos. Mis ojos se van directamente a su entrepierna y contemplan un cilindro grueso, con venas marcadas, bello y palpitante. Con el capullo sin pellejo, no como me lo describía mi amiga. Tiene la punta húmeda, seguramente de lo que antes me llevé a la boca. Él está hablando, imagino que pidiéndome lo que quería, pero no puedo escucharlo. Mi cerebro y mi mente están frente a ese mástil palpitante. Mi coño chorrea solo de sentir su aroma a medida que me agacho y acerco a él. Nunca había visto algo así, algo tan lascivo. Tan bruto, tan barbar. Parece que sea una perversión en sí misma y la quiero toda para mí.

La rodeo con ambas manos. Se estremece porque estoy fría pero su pene esta caliente, tan caliente que hasta me quema por el contrate. Aprieto levemente y noto sus palpitaciones, miro de reojo arriba y veo que está inmóvil y mirándome boquiabierto. Le sonrió y me muerdo el labio, miró fijamente su palpitante miembro y abro la boca, sacando u poco la lengua, mientras me acerco a su capullo. Presiono el capullo con mi húmeda lengua, la cual se desliza por debajo de éste hasta llegar a la piel, al tronco, mientras ya tengo parte metida en la boca. Es más grande de lo que pensaba, mis labios lo presionan solos porque apenas puedo abrir más la boca. El pene se hinchó en cuanto entró en mi boca y todo su sabor explota en mi paladar. El gime, lo oigo. Miro hacia arriba de reojo y veo como no me quita la mirada de encima, mientras paso mi lengua por todo su tronco a la vez que palpo sus venas con mis labios.

Sus manos van a mi cabeza y presionan, estoy segura de que quiera que me la meta más adentro y más rápido, así que hago caso a la vez que le acaricio el tronco con mis manos. Acelero el ritmo, aunque me cuesta un poco. Me tiento a mordisqueársela hasta que finalmente lo hago y en vez de dolor gime, algo que me pone muy cachonda. Una de mis manos se va a mi entrepierna, hacía mucho tiempo que no me tocaba yo misma… desde que vi a mis compañeras metiéndose fruta a escondidas sin que se dieran cuenta.

Casi me atraganto. Ha empezado a mover las caderas a la vez que empuja con sus manos. Del movimiento asustado y mis dedos han acabado dentro de mi coño, haciéndome gemir con su pene en la boca. Noto como me está penetrando hasta la garganta, como palpita.

—Dios, dios, voy a… voy a… — dice y de pronto noto como me disparan un líquido en la boca. Toso, me atraganto, pero me vuelvo loca. Es semen, oloroso y sabroso semen. El frena un poco pero aprieto su trasero para que no pare, lo quiero todo. Me encanta. Noto como se sale de la boca por el movimiento de la mamada y me da rabia, pero siento que si paro ahora perderé más líquido.

Finalmente para de brotar, Me lo he ido tragando a medida que he podido, tosiendo un poco y escupiendo lo que no he logrado tragar mientras seguía eyaculando, con su pene dentro de mi boca.

—Lo siento… — dice, mientras le miro de reojo. — No he podido controlarme… — añade.

—Tranquilo — le contestó cuando me saco el pene. Vuelvo la mirada al miembro y lo veo blanco, manchado. — Pero esto hay que arreglarlo — digo y vuelvo a mirarle. Sonríe.

Me paso los dedos por mi cara para coger el semen que me ha chorreado y me los lamo mirándole, muy lascivamente. He escuchado que la mayoría de hombre pierde la rigidez tras correrse pero que puede que eso no suceda si no dejan de estar cachondos. Sigo lamiéndome los dedos y con la mano que ya tengo limpia, pero mojada, me manoseo los pechos.

—¿Los quieres? — pregunto, mientras me desabrocho el sostén. — Porque en breves serán tuyos — añado, pellizcándome los pezones y mirándolo de forma muy lujuriosa, aunque no tanto como él a mí. — Pero solo después de limpiar este estropicio — sigo mientras imito una de las posturas que nos mostró mi compañera. Me inclino hacía él, sacando culo, y agarrándole con una mano su húmedo y pene lleno de semen mientras que con la otra me empiezo a masturbar. Lamo desde abajo, desde los huevos hasta el capullo. Pasando la lengua mientras le mira, repetidas veces, lentamente y con toda la superficie de la lengua. Hasta no dejar ni gota. Vuelvo a ponerme de rodillas y me la meto otra vez en mi boca, entera, hasta tener arcadas y vuelvo a mamársela lentamente, acariciándole los huevos peludos y notando un sabor más fuerte que antes así como un olor más sucio, más lascivo, más cachondo. Noto como vuelve a palpitar fuertemente, como se eleva, como crece en mi interior.

Cada vez me sorprendo más de todo lo que deseo hacer, de lo que hago sin pensar, de lo mucho que estaría haciendo esto sin parar. No sé cuantas “ave María” tendré que rezar, pero me da igual.

Mi mano no se detiene, al igual que mi lengua. Estoy ardiendo.

—Quiero metértela — dice, de golpe y sin esperarlo. Me quedo con su polla en mi boca, con mi lengua inmóvil, mirándolo. No sé qué decir. ¿Se refiere al pene? ¿En mi coño? Solo de pensarlo me estremezco. Mis dedos se mueven levemente en mi interior, imaginando que es su tronco, mientras le miro atentamente a la cara. —Dijiste lo que quisiera… — añade. Me levanto lentamente, separando mi boca de su pene pero palpando todo su sabor, su encanto, acabando con la punta de la lengua fuera de mis labios mientras se separa del capullo engordado de su erecto y fogoso pene.

—Pero no quiero que seas gentil… — Le dijo, sonriendo, mientras agarro su pene y lo llevo hasta  el sofá que tiene.

—¿Cómo dices?

—Quiero que me hagas gemir tanto que hasta mi compañera, lujuriosa y presumida, sepa que estoy gozando como nunca ha gozado.

Me mira fijamente y se muerde el labio. Se empieza a desnudar por completo mientras yo me quito lo que antes eran mis braguitas y ahora es un amasijo de tela mojado y ensangrentado. Cuando suelto las braguitas al suelo veo que me embiste, y me empuja al sofá. Estoy sentada, con las piernas abiertas, y el de pie frente a mí. Abro más las piernas mientras saco la lengua y sonrío. Pasa sus brazos por debajo de mis sobacos y empieza a penetrarme, sin primer intento, de golpe.

Noto como le cuesta entrar a su pene, como empuja las paredes de mi coño y como entra por suerte gracias a lo lubricada que estoy. La mete del todo, grito, mucho, mientras le agarro la espalda y calvo mis uñas en ella. Frena, no sé mueve durante un instante, pero le beso apasionadamente y empiezo a mover mis caderas, pasando las piernas por su cintura. Enseguida emprende la marcha. Los gritos ahogados se vuelven gemidos, cada vez más fuerte, a medida que él me penetra más rápido, más rudo. Le muerdo el labio, nuestras lenguas no dejan de entrelazarse y una de sus manos se pierde entre mis pechos, apretándome los pezones. Sus embestidas son cada vez más rápidas, pero no tan bruscas. Mi coño ya no duele nada y es todo placer, se ha lubricado y resbala bien. Su boca se desliza por mi cuello, mordiéndolo, haciendo que mis gemidos se escapen sin control. Gimo sin parar y el vuelve a acelerar mientras me hinca los dientes.

Le agarro el culo como puedo, con dificultad por sus bruscos movimientos, y ayudo a empujar. Funciona, embiste más fuerte y empieza a lamerme los pezones, a mordérmelos. Me los succiona. Noto sus dientes clavados en ellos mientras su húmeda lengua los azota, están totalmente rígidos. Casi más que su pene.

No sé cuánto rato pasa mientras me sigue embistiendo, pero se le nota cansado, así que tomo la iniciativa y empiezo a embestirle con mis caderas. El no para de gemir, a la vez que yo.

—¿Cambiamos de postura? —Pregunto, ante lo que jadeando me responde asintiendo con la cabeza. —Túmbate en el sofá — le digo, pero no me doy cuenta que no he parado de embestirle. Me rio y me aparto.

Se tumba en el sofá y yo me paseo por su lado mientras acaricio su cilíndrico y erecto miembro. El no suelta mis nalgas, hasta que empiezo a subirme al sofá, mirándolo, y poniéndome sobre su pene. Poco a poco entra, lentamente, hasta que mis nalgas chocan con sus caderas.

—Dios… — exclamo entre orgasmos. El me mira mientras se muerde el labio, al igual que yo lo contemplo a él. Empiezo a mover mi cadera suavemente mientras pongo mis manos sobre su pecho. A media que pasa el tiempo empiezo a levantar y bajar mi culo, mi coño, a follarmelo yo. Su rostro de placer es increíble. Gime y yo gimo más. —¡Sí, Dios, quiero más! — grito entre gemidos y él me agarra las dos nalgas, me las sujeta, y empieza  a follarme. De la embestida me vengo hacía adelante, pegando mis labios en los suyos, y besándolo para ocultar aguantar el placer que siento mientras no deja de embestirme. Nuestros sudores nos hacen resbalar varias veces, pero vuelvo para besarle mientras me da duramente. Estoy a punto de correrme, estoy seguro.

—Dios, voy a correrme otra vez… — dice entre jadeos, ante lo que me quedo perpleja, pero sin parar.

—No, no, dentro de mí no — digo, cuando logro procesar, sacando rápidamente su polla de mi coño. —Hazlo sobre mí — digo mientras me pongo de rodillas y sigo masturbándole, escupiéndole.

El se levanta y se pone de pie sobre el sofá. Me mira y pone el pene frente mi boca. Saco la lengua y juego con el mientras él se masturba. Me golpea la boca con ella y no para. Cada vez se estremece más, está apunto de soltarlo.

—Dios… — grita mientas empieza a escupir semen por el pene. El primer chorro me da en la mejilla y el siguiente entra en la boca. Recuerdo su sabor inmediatamente, con ese toque amargo, y empiezo a mamársela mientras empujo su culo con una de mis manos y le masturbo con la otra, para dejarlo seco. Me acaricia el cabello y me saca el pene de la boca, aun con semen y chorreando.

—No es justo, levanta un momento — me dice, aunque no sé a qué se refiere. Se tumba en el sofá y veo como brota semen que quiero tragar pero él me coge de la cintura y me lleva hasta el, estando tumbado, hasta morderme el culo —y ahora siéntate sobre mí — Se me ilumina la cara y me estiro sobre él, con las rodillas rodeando su cara y con sus manos abriendo mi coño mientras empieza a lamerme a la vez que yo devoro su sucio y perverso pene. Gimo y casi me atraganto cuando empieza a lamerme tan solo el clítoris, de arriba abajo, mientras mete los dedos en mi coño. Ya tengo su pene limpio pero sigo con él en la boca, disfrutando, y casi sin poder controlar los espasmos. Creo que lo nota, pues acelera y empieza a aguantarme el clítoris con los dientes mientras mete otro de sus dedos en mi coño. Noto su nariz deslizándose por mis labios inferiores. No aguanto más. Me saco el pene de la boca y me irgo, aplastándole un poco más el rostro, mientras gimo. Me magreo los pechos con una mano, retorciéndome los pezones, mientras lamo los dedos de la otra. Noto un calambre recorrer mi cuerpo. DIOS. Nunca había sentido algo así, estoy empapándolo entero. Gimo como si estuvieran matando a un cochinillo y veo como eso vuelve a hacer que su pene se ponga aún más duro, casi como al principio, algo que me pone aún más cachonda. Tanto que acabo desfalleciendo sobre él.

—Dios… dios mío… no quiero para… — digo, entre gemidos.

—Ha sido buenísimo… querría que vinieras a robar todos los días — dice mientras se levanta y se tumba a mi lado.

—Desde luego… — añado antes de abrazarlo y besarlo, mientras noto su flácido pene bailar entre mis tambaleantes piernas. Me tiembla todo el cuerpo, pero no quiero parar.

—¿Ahora volverás al convento?

—Quizá más tarde — contesto sonriendo, ante lo que me mira fijamente. —Aún hay posturas que debemos gozar — añado y le vuelvo a besar, perdiéndome en su boca, con su lengua, mientras palpo su sorprendentemente liso trasero.

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