Relato: A través de las máscaras.

¡Buen@s humed@ días/tardes/noches!

Hoy recordamos el relato que dio nombre a la primera antología que publicamos: A través de las máscaras.

Un camarero se encuentra una invitación a una fiesta de máscaras a la que decide ir y allí encontrará cosas que nunca había imaginado. Espero que no lo hayáis leído os deleitéis por primera vez o, para los que ya la conozcan, la volváis a disfrutar 😉

A través de las máscaras.

Camisa puesto, chaleco también. Corbata, pantalones y zapatos. Flor en bolsillo de chaleco, colonia. Peinado y último e indispensable detalle: La máscara. Me he comprado una nueva para la ocasión. No todos los días reservan un hotel de lujo entero para una fiesta “veneciana”. Una máscara plateada, con acabados en dorado al igual que sus bordes. Tapa la frente, el flequillo cae sobre ella. Deja ver mis ojos, pero poco más que maquillo con un toque de rojo pasión. Todo el tabique nasal tapado, así como los pómulos.

Sonrío, queda genial. Cojo mi sombrero de copa y mis guantes blancos, sedosos. Abro la puerta y marcho, invitación en mano, hasta la puerta de mi portal, donde me espera un taxi.

El taxista ni pestañea. No quiero ni imaginar que ha tenido que llevar para no sorprenderse ni pedir que me quite la máscara.

—¿A dónde señor?

Le digo el hotel. Me mira fijamente y arranca.

—Hasta ahora es el mejor de los que he llevado allí esta noche.

—Es todo un cumplido, caballero.

No me vuelve a dirigir la palabra. Me deja en la entrada del hotel.

Le pago.

—Que tenga una buena noche, no nos veremos.

No sé por dónde coger esa despedida, así que me limito a decirle adiós. Voy hacía la puerta. En ella hay dos hombres que podrían aplastar todos los huesos de mi cuerpo sin problema alguno. Llevan mascara, de chacal, haciéndolos más terroríficos aún.

Voy con la invitación por delante, para ahorrarme siquiera que me la pidan. La cogen, la miran, se miran, me abren la puerta. No medían palabra, mejor.

Una alfombra roja me lleva hasta la secretaría, donde hay dos bellas damas, con poca ropa y con máscara con plumas. Llevan una etiqueta en el corsé que especifica: “personal, no tocar”.

—Hola.

—Sr. Perverso, bienvenido. Déjenos que le indiquemos las distintas festividades que se celebran.

Me enseñan un mapa del hotel con sus múltiples salas. Hay una de montura a caballo donde, obviamente, no hay caballos sino personas que cabalgan a otras. La sala de orgia, clara y concisa. La de baile, la del bar la de teatro con obras muy especiales. La sala VIP, donde solo pueden entrar los que tengan invitación especial y sus acompañantes. Además, tenemos acceso a todas las habitaciones. Todas tienen su tarjeta en la ranura, tan solo tenemos que cogerla y entrar.

—Muchas gracias por la información, “my leadys”.

—De nada — Con el dedo índice se rizan el cabello mientras me sonríen. Qué pena que no se puedan tocar.

Decido ir a la sala de baile, me encanta bailar. Voy por el pasillo y me cruzo con la puerta que da a la sala de orgias, se escuchan los múltiples y fuertes orgasmos así como todo un variado de sonidos lascivos.

Llego a un portón doble. Lo abro, ambas puertas, desde el centro. Entro como si fuera el anfitrión. Cabeza alzada, mirada recta y paso seguro. Tras de mi hay dos porteros, en ropa interior y con máscaras, que cierran las puertas. Es una gran sala. Pista de baile céntrica, sofás a su alrededor, todos mirando a ella, y una pequeña barra llena de copas de champagne en los laterales, con dos mozas que, imagino, sustituirán las copas que se llevan por otras.

Hay varias parejas bailando y con las tres combinaciones posibles; chico-chico, chico-chica, chica-chica.

La mayoría de hombres va de smoking. Hay alguno que ya está algo desmadrado, con la corbata floja y la camisa medio abierta. Otros van más informales; camisa de vestir normal, unos pantalones tejanos y unas bambas elegantes, aunque también los hay con traje de sadomasoquista, en calzoncillos y americana u otras extrañas combinaciones. En las damas sin embargo hay más variedad; desde la que va con dos tiritas en los pezones y un tanga hasta la que lleva un traje de novia, pasando por vestidos de tubo, largos con cola, de campana, colegiala o profesora, entre muchos otros.

—Si ha venido solo debería de bailar, caballero.

Me asusto. Me relajo inmediatamente. Normalmente los trabajadores no dicen nada más allá de los guías o camareros y, aún en su caso, tan solo lo necesario.

—Eso haré, gracias por la preocupación “sir”.

Voy decidido a la zona de baile y me marco unos movimientos sensuales, pero rápidos. Tres pasos adelante, uno atrás, media vuelta mientras me inclino a la vez que mi mano derecha dibuja una media luna hacía abajo y la izquierda marca las tres en un reloj imaginario. Me recoloco, me ajusto al corbata, y doy una vuelta sobre mí mismo para empezar a dar pasos hacia atrás a la vez que chasqueo los dedos. Uno, dos, tres, cuatro, cinco pasos y a dar vueltas mientras voy bajando hasta acabar con una rodilla en el suelo y los brazos abiertos en un ángulo de cuarenta y cinco grados, con mi cara mirando fijamente a una dama que está sentada en uno de los sofás.

Me había fijado en ella cuando observaba la sala y había calculado los pasos para acabar así. Me ha quedado mejor de lo que esperaba, pero ella tan solo me mira fijamente. Le sonrió y agacha la cabeza, pero no la mirada. Su mascará de cuarto de luna dorada con acabados plateados, tapándole los dos ojos y parte de la nariz, pero no la frente, no titubea. Está en perfecta posición para que sus ojos vean a través de ella, me vean a mí.

Me levanto y le hago una reverencia con la mano derecha en el pecho izquierdo y la mano izquierda marcando, de nuevo, las tres. Se levanta. Lleva un vestido dorado, que le deja libre los hombros, por donde cae su castaña y lisa cabellera. Se junta por unos encajes a unas mangas completas, guantes incluidos, de color plata. El vestido dibuja perfectamente su silueta, dejando libre un círculo que va desde el final de su cuello hasta la parte superior de sus pechos. Su largura le llega a los pies, cerrado, con cola, haciendo que sea difícil andar si no va a paso corto. Puedo ver la punta de sus zapatos de color plateado que, por el sonido que han hecho al levantarse, llevan tacón.

Se acerca a mí lentamente. Le tiendo la mano. Me la agarra.

—¿Me concederá este baile, preciosa dama?

—¿Dónde se ha quedado el “mi” de “mi preciosa dama”?

—Usted es tan solo suya y yo no soy más que un humilde, aunque perverso, caballero que quiere aprovecharse de su incógnita presencia para cortejarla.

Sonríe, sin mostrar los dientes, y en su frente puedo ver como fruñe el ceño.

—Es usted tremendamente sincero.

—¿Quién no lo es con una mascará?

—Muchos, demasiados. Algunos se vuelven hasta más embusteros.

—No es mi caso. Yo tan solo pretendo pasar una noche que poder recordar sin poner nombres a sus protagonistas.

Vuelve a sonreír. Esta vez abre la boca y puedo ver su lengua, delgada y picuda.

—Pues bailemos — Se lleva su mano derecha a su precioso y circular escote. Mete dos de sus dedos, saca pecho y mueve un poco los hombros para finalmente descubrir que lleva un pequeño abrecartas entre sus senos. Me quedo observando, con los ojos levemente cerrados a causa de lo sospechoso que es aquel acto. Rápidamente se vuelven sorpresa cuando saca la hoja, bastante afilada, del abrecartas y corta el lateral del vestido, casi hasta su muslo, para tener la pierna libre. Veo los tacones, son plateados como me pareció. —¿Y bien, me saca a bailar o va a seguir mirando mi belleza?

Efectivamente o podía dejar de ver esa magnífica pierna, sin media alguna, perdiéndose en el vestido justo en el inicio del paraíso de cualquier hombre.

—Disculpe que me asombre con su bello porte, pero es el de toda una princesa.

Vuelvo a tenderle la mano y me la vuelve a agarrar. Nos dirigimos al centro de la pista y empezamos a bailar. Primero con las manos agarradas, tras unos cuantos pasos con una de ellas en la cintura de cada uno y pronto empiezo a darle giros para acabar con ella doblándose en mis brazos. En uno de los giros aprovecho y cojo con la mano que me queda libre la rosa roja de mi chaleco, para ponérmela en la boca. Cuando deja de girar le agarro al espalda y dejo que se repose en mi brazo mientras yo me agacho a la vez que ella, encima suyo, para quedar cabeza con cabeza.

Nos miramos fijamente. Sonrió. Eleva por sorpresa la cabeza y me besa, agarrando la rosa ella. Ahora sonríe, más orgullosa de lo que yo lo había hecho. Iba a ponérsela en la boca, pero sus labios y lengua fueron más rápidas. Nos quedamos mirando otra vez, sabe que ha ganado este pequeño duelo. Nos levantamos, nos aplauden.

—Le apetece al… ¿Perverso caballero?

—Exacto.

—¿Le apetece una copa de champagne?

—Solo si la dama se toma una también.

—Por supuesto, no voy a dejar que todo el alcohol lo desaproveche un hombre.

Es graciosa, segura. Es lo que tienen las máscaras, dan seguridad. Aunque a algunos les asusta no saber quién hay detrás de la que tienes enfrente, pero entonces esto no es para ellos.

Vamos a la barra y cogemos una copa cada uno. Después nos vamos al sofá.

Hablamos de cuanto solemos frecuentar este tipo de fiesta: ella ha asistido a más que yo, pues ya ha estado en algunas lujosas como esta. Nos reímos contando anécdotas y nos asombramos de las decepciones de cada uno.

—¿Sabías que tenemos las habitaciones del hotel a nuestra disposición? — Su tono pícaro hace que suene a una invitación y no pienso desaprovechar esta situación.

—No, no lo sabía.

—Pues ahora que lo dices no podrás irte sin ver alguna.

—¿Y usted querría mostrármela?

—Quizá después de otra copa de champagne.

Bebemos no otra, sino tres más cada uno. Después salimos de la pista de baile y vamos al bar. Pedimos dos gin tonic cada uno y, con ellos en mano, nos vamos hacía la salida de esta sala, donde nos intercepta un hombre, canoso, que viste prácticamente como yo. Él aún tiene la rosa en el chaleco, aunque éste tiene un estampado curioso con toques azules.

—Esta también es la mejor de las que he traído esta noche aquí — Susurra en mi oreja cuando pasa por mi lado. Me giro pero el hombre sigue su camino, cogido por unas muchachas jovenzuelas en cada brazo.

—¿Qué te ha dicho?

—Que tengo que enseñarle el truco para cazar tan bella damisela.

—Idiota.

Vamos hacía las escaleras y llegamos a la primera planta. Pasamos por toda ella, escuchando orgasmos, gritos, latigazos, camas empotrándose y cristales rompiéndose. Peticiones a pleno grito de todo tipo y muchas otras inimaginables cosas. Ninguna esta libre.

—Habrá que mirar en la segunda planta.

Me coge la mano ya celera el paso. Me lleva al ascensor. Toca el segundo piso y se gira. Da unos pasos hacía mi mientras las puertas se cierran. Pone un brazo en la pared y su boca en mi cuello.

—Hueles bien — Me muerde. Suelto un suspiro placentero. Vuelve a morderme con un mordisco que acaba en tres besos que suben por mi cuello hasta llegar detrás de la oreja. —Sabes mejor —Su susurro me estremece pero el parón del ascensor me hacer volver en mí.

Nos queda la mitad del “gin tonic”. Salimos a la segunda planta. Se escucha menos ruido, debe de haber habitaciones libre. Efectivamente, habitación 207 libre.

Sacamos la tarjeta de la ranura y entramos. Volvemos a meterla para activar la corriente de la habitación.

Es de una persona, con cama de matrimonio y un baño con yacusi. También tiene balcón con una mesa fuera.

—Normalmente, si reservas, puedes encontrarte todo lo que pidas, a un módico precio claro.

—Sabes mucho de estas fiestas.

—He ayudado a organizar alguna — Me sorprendo. Cuestan un dineral y a muchos de los invitados, como a mí, no nos piden nada. Corre el rumor que el organizador consigue dinero trayendo a súper estrellas o personas concretas a la fiesta, aunque siempre bajo la incógnita de la máscara, con lo que nunca se sabe a ciencia cierta si realmente han venido. —¿Por qué te callas de golpe? ¿Te cohíbe que pueda ser un pez gordo?

—Puedes no serlo y puede que yo sea quien lo haya organizado — Veo como abre los ojos de par en par, se ha sorprendido. —Tranquila, no soy yo. De hecho yo solo he venido a fiestas de estas como invitado.

—Eres todo un perverso, mala persona — Me agarra de la corbata, me la saca por fuera del chaleco y me lleva hasta el baño. — ¿Ves que lujo? con yacusi incluido.

Era grande y tenía puertas de vidrio por si apetece activar la ducha y no manchar.

—Es amplio — Entro. —Se puede hasta bailar — Le tiendo la mano, me la coge. Damos dos pasos dobles y una vuelta. Cierro la puerta corredera de cristal. —Y seguro que muchas otras cosas.

Sonrió, me la acerco desde la cintura y pongo sus labios muy cerca de los míos.

—¿Cómo qué?

Se enciende la ducha, ha sido ella.

—Averigüémoslo.

Le beso. Nuestras mascaras chocan. No pasa nada, están bien sujetas. Su vestido empieza a transparentarse y las gotas rebotan entre sus senos. Me quito el chaleco y lo tiro fuera, vale demasiado como para que se destroce. Ella no sé, pero yo de rico tengo la fachada nada más.

—Bonita camisa — Me agarra la corbata y se la enrolla en la mano. Me tira de ella, bajando mi cabeza, poniéndomela en sus pechos. —Aunque seguro que mi vestido te gusta más — Bebo agua de sus senos, sorbo. Paso la lengua y lamo toda la superficie que puedo. —¿Tienes sed?

Me saca la cabeza de sus pechos. Abre la  boca y deja que se llene de agua. Abro la mía y me la pasa. Empezamos a besarnos. Las lenguas chocan entre ellas como las máscaras, pero vez de repelerse lo que hacen es entrelazarse. Mi mano pasa de la cintura a sus nalgas, donde tiene el vestido completamente pegado, comprobando que lleva tanga. Sus manos sin embargo se pierden por mi torso, totalmente visibles por culpa del agua. Seguimos besándonos mientras nos mojamos. El agua empieza a calentarse, nosotros también.

Se quita sus guantes. Tiene las uñas largas, de gel, de un color dorado con brillantes plateados. Yo me quito los míos, que casi se han unido a mis manos. —Bonitas manos.

—Si esto te parece bonito espérate a verme desnuda.

La vuelvo a besar, la pego más a mí. Mi mano busca el destrozo que le hizo al vestido y se filtra para tocarle la nalga. Me muerde el labio, separa su boca de la mía y se pasa la lengua por sus labios. Tiene sangre, me ha mordido fuerte. La aprieto fuerte, para que lo sienta, como venganza. Mi edo corazón llega a rozar sus labios inferiores a través de sus bragas.

—Es usted muy traviesa miss…

—Justo en el clavo. Soy miss traviesa damisela y tú eres un chico malo.

Me quita la camisa mientras sigo palpando sus nalgas con una mano y con el otro empiezo a tocarle los senos, pues el vestido ya lo tiene totalmente pegado y es como si no lo llevara. No me la desabrocha. Pone la mano entre botón y botón y, cogiendo los bordes, estira de ambos hasta que todos los botones saltan. Adiós camisa, pero ella se destroza el vestido también, completamente, tirándolo fuera de la ducha.

—Ahora podrás tocar bien — Se quita el sujetador. —Y podré sentirte bien.

—¿Qué quieres sentir exactamente?

—Todo.

Me desabrocha el pantalón y me lo quita, me baja los calzoncillos y empieza a lamer a la vez que el agua no deja de correr por los bordes de mi pene. A través de la luna me observa con una dulce mirada, aunque más dulce es su mamada delicada. Palpa con los labios cada rincón de mí viril miembro mientras con lo envuelve con su lengua, dando golpes suaves a la vez que lo agita con su mano derecha y, con la izquierda, acaricia sus pechos. Su mirada poco a poco se vuele lasciva, a la vez que mi pene crece dentro de su boca y mis gemidos se oponen al sonido del agua. Yo la miro fijamente, desde arriba, como su cabello empapado acaricia su cuello y sus senos, así como su espalda, y su mirada se pierde en la mía.

—¿Te gusta?

—Me encanta, traviesa damisela — Le agarro la barbilla, abre la boca y esta vez soy yo quien le inserto dentro el pene. Empiezo a mover la cadera mientras le sujeto la cabeza y ella queda con sus manos libres, las cuales utiliza para zarandearse los pechos y apretarse y acariciarse sus labios inferiores. —¿Te gusta a ti?

Intenta decir que sí, pero entre lo rápido que le doy, los mordiscos que empieza a darme y los lametazos que suelta no se entiende nada. Paro tras varios minutos, saco de su boca mi caramelo y la levanto.

—¿No quieres más?

—Por supuesto, me tiraría la noche así. Pero como caballero que soy tengo la necesidad de darle el mismo, o más, placer que usted me da a mí.

—Ya veo… interesante.

Se quita el tanga y se abre de piernas, sabe que voy a hacer. Me agacho y me pongo de rodillas, con mis manos en su ingle abriendo sus labios y mi cara mirándola, mucho más lasciva de lo que ella lo ha hecho. Mis ojos la miran fijamente a través de sus pechos mientras que mi lengua sale de mi boca abierta, done cae agua a través de su cuerpo. Ella me mira, con las manos apoyadas en el cristal y con un pequeño tiemble de piernas. Mi lengua se acerca a sus coño y cuando estoy tan cerca que ya se estremece por sentirme la muevo levemente, paseándola desde el agujero de su coño hasta el clítoris, con solo la punta, rápida y suavemente.

Gime, levemente pero gime.

Repito el proceso varias veces para luego centrarme en su clítoris. Se estremece y cierra sus piernas, chocando sus rodillas con mi cabeza. Como castigo empiezo a lamerle rápidamente. Le mordisqueo el clítoris y lo golpeo con la lengua. Después bajo la lengua hasta el agujero y lo rodeo varias veces. La meto y saco después un par de veces y cuando me agarra el cabello, muy fuerte, saco la lengua y empiezo a lamer de arriba abajo el clítoris, cada vez más rápido, mientras una de mis manos rodea su pierna, para sujetarla, y la otra empieza a meterle el dedo corazón. Aumento la velocidad tanto de la lengua como del dedo, además de insertar también el dedo índice. Gime, cada vez más.

—Dios, sí, sí, me vengo, me vengo.

Efectivamente. Se corre, además se mea. Sigo lamiendo igualmente. Se estremece tanto que sus rodillas me hacen daño en la cabeza y acaba resbalándose sobre mi cara, pero se levanta rápido. Imagino que se ha hecho daño con la máscara.

—Lo siento…

Esta colorada, aunque no sé si por haberse corrido o mearse.

—Estamos en la ducha, todos lo hacemos — Le agarro de las piernas y la alzo. Instintivamente me coge del cuello y se asusta. —Espero que te haya gustado.

—¿Qué vas a hacer?

—Compensar que te hayas meado.

Le beso y, con un poco de puntería, le penetro. Empiezo lentamente, pero ella gime como si le diera duro. Le he dejado el coño sensible. Me vuelve a morder, vuelve a hacerme sangre, así que bajo mi boca hasta su cuello y finalmente, mientras acelero, empiezo a comerle los pechos. Sus gemidos me ponen cada vez más, así que cada vez doy más fuerte, golpeándola contra los cristales.

—Dame todo lo duro que quieras — Me abraza la cabeza, hundiéndomela en sus pechos. —Quiero que te corras completamente en mi interior, para compensar.

Acelero, le doy duro. El cristal no deja de vibrar. No puedo aguantar mucho, ella gime, yo gimo. Le muerdo uno de sus senos para tenerlo en la boca mientras le doy fuerte y me corro, ahogando el gemido en su pecho mientras se lo retuerzo con los dientes y ella se retuerce en placer. No paró de expulsar semen y mis piernas empiezan a flojear. Acabo resbalándome y rompemos el cristal, caemos fuera, pero sigo hasta que me quedo sin fuerza, igual que ella no deja de gemir hasta que paro.

—¿Estás bien? Me levanto, me quedo mudo al ver lo que hay en el suelo: mi masara, detrás de ella.

—Sí, ¿Tú?

Me giro rápidamente, ella lo entiende. Las reglas son claras: no podemos decir quiénes somos ni enseñar nuestro rostro, ni en la intimidad. Hay cámaras en todos los rincones cada vez que se celebra una fiesta. Es algo que todos saben y respetan, pues se firma cuando decides entrar en este clan.

—¿Podrías…?

—Claro cielo.

Me coloca ella misma la mascara. Me giro, le beso y me levanto. Ella me besa mi miembro, me lo acaba de limpiar y se levanta. Tenemos pequeos cortes, pero nada serio. La cojo de nuevo por sopresa, como si fuera una princesa, y la llevo hasta la cama. Con el pie estiro un poco la colcha y luego la logro quitar de una patada, la dejo suavemente, y después la tapo.

—Enseguida mandare a alguie con un botiquín.

—¿Y tú?

—Yo me marchare ya, no querrás que te vean con alguien como yo.

—Haces que me corra, te corres dentro de mi y te marchas dejándome atrás. Eres el mejor mascarero de todos, que pena no saber más de ti.

—Sabes que volveré a la próxima fiesta.

Le guiño el ojo, le lanzo un beso y me marcho al baño, dejándole atrás con una sonrisa. Me visto y salgo de la habitación.

—Buen polvo, aunque no tanto como el mío — Es el hombre que nos encontramos al salir del bar. Estoy seguro de que es el taxista. —¿Se marcha ya, caballero?

—Sí, a ver si encuentro un buen taxi.

—El mejor taxista es el que más disfruta.

Me guiña un ojo y entra en una habitación. Puedo ver cinco bellezas esperándole en la cama. “El que más disfruta” Bendito cabrón.

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